Día de los Juguetes Sexuales: Tu pareja no compite con un vibrador. Y si compite, tenemos un problema.

Hay objetos que compramos porque los necesitamos. Una tostadora. Un aspirador. Un cargador nuevo porque, misteriosamente, todos los que entran en casa terminan desapareciendo. Y luego están esos objetos cuya existencia resulta bastante menos imprescindible para sobrevivir, pero que pueden conseguir que determinados momentos de la vida sean considerablemente más interesantes.

El 4 de noviembre se celebra el Día de los Juguetes Sexuales. No es una jornada oficial de Naciones Unidas ni parece probable que veamos próximamente una cumbre de jefes de Estado debatiendo las virtudes del vibrador conejito. Es una efeméride popular dentro de la cultura sexual positiva y del sector erótico que se celebra cada 4 de noviembre y que resulta una magnífica excusa para hablar de algo que, afortunadamente, ya no permanece tan escondido en el último cajón de la mesita de noche.

Porque hemos avanzado bastante. Pero todavía sobreviven algunos mitos curiosos. Que si tienes pareja no necesitas juguetes. Que un vibrador puede «acostumbrarte demasiado». Que un consolador grande supone algún tipo de competición con el pene que duerme a tu lado. Que comprar un juguete sexual significa que tu vida sexual necesita reparación urgente. O nuestro favorito:

—¿Y yo qué pinto si usamos eso?

Tranquilidad. Probablemente bastante.

Un juguete sexual no ha venido a quitarle el puesto a nadie

Un vibrador vibra. Extraordinaria revelación. Puede hacerlo durante bastante tiempo, a distintas intensidades y sin desarrollar tendinitis, pero no besa, no abraza, no improvisa una frase que consigue ponerte a cien, no conoce tus fantasías y, salvo avances tecnológicos que preferimos no anticipar, tampoco sabe exactamente cuándo necesitas que deje de hacer lo que lleva cinco minutos haciendo.

Comparar una pareja con un juguete sexual tiene aproximadamente el mismo sentido que sentirse amenazado por un masajeador porque tu pareja disfruta de un masaje. Hacen cosas diferentes.

De hecho, los juguetes pueden utilizarse en solitario, en pareja o con más personas; durante la masturbación, los preliminares, la penetración o sin penetración alguna.

Algunas personas los utilizan porque les facilitan alcanzar el orgasmo. Otras, porque ofrecen una estimulación difícil de reproducir con las manos o la boca. Y otras, sencillamente, porque les apetece experimentar.

Organizaciones de salud sexual como Planned Parenthood explican que, para algunas personas, especialmente aquellas con vulva, los juguetes pueden facilitar considerablemente el orgasmo.

Y conviene desmontar otro miedo habitual: utilizar un vibrador con frecuencia no significa que estés estropeando tu sensibilidad ni que vayas a necesitar obligatoriamente más intensidad para disfrutar. Puede existir una habituación a determinadas formas de estimulación, y una vibración muy intensa puede producir un entumecimiento temporal, pero eso no equivale a una pérdida permanente de sensibilidad.

El juguete no ha venido a quitarle el puesto a nadie. Ha venido a jugar. La pista estaba bastante clara en el nombre.

El mejor juguete sexual no es necesariamente el que tiene diecisiete velocidades

Entrar por primera vez en una tienda erótica puede producir un fenómeno parecido al de acercarse demasiado al pasillo de yogures del supermercado.

Demasiadas opciones: Vibradores externos, internos, dobles, balas, varitas, succionadores, dildos, plugs, masajeadores prostáticos, anillos, bolas, masturbadores, juguetes controlados a distancia…

Y después empiezas a encontrar modelos con aplicación móvil, calefacción, movimientos automáticos, diez patrones de vibración y especificaciones técnicas que parecen corresponder a una pequeña nave espacial. Es fácil acabar pensando que cuanto más haga el aparato, mejor será.

No necesariamente. La pregunta más útil antes de comprar un juguete no es «¿cuál es el mejor?». Es «¿qué quiero que haga?».

Si disfrutas muchísimo de la estimulación externa del clítoris, probablemente tenga más sentido empezar por algo pensado precisamente para eso que comprar el consolador más espectacular del escaparate porque parece muy sexual.

Si lo que buscas es estimulación anal, necesitas un juguete diseñado específicamente para ese uso. Si quieres incorporarlo durante la penetración con otra persona, quizá el tamaño y la forma sean más importantes que tener catorce programas de vibración con nombres en inglés que nadie recuerda.

Y si todavía no sabes qué te gusta, tampoco necesitas empezar por el modelo más caro. Un juguete sencillo, de intensidad regulable y cómodo de manejar puede darte bastante información sobre tus preferencias.

Conocerse un poco antes de comprar ahorra dinero y bastantes objetos condenados a vivir eternamente en un cajón.

Y no, más grande tampoco significa necesariamente mejor

El mercado del juguete sexual tiene una particular obsesión con las dimensiones. Hay dildos que parecen razonables. Hay otros que parecen diseñados para demostrar que la industria todavía no ha encontrado límites a la imaginación anatómica.

Pero el placer no funciona por puntos de experiencia. No recibes un diploma cuando llegas a veinte centímetros.

Un juguete demasiado grande puede resultar sencillamente incómodo, especialmente para alguien que está empezando. Lo mismo ocurre con los plugs anales o los juguetes muy potentes: poder soportarlo no equivale a disfrutarlo.

Además, las preferencias cambian. Lo que un día resulta excitante puede no apetecerte al siguiente. Y un juguete que funciona estupendamente para otra persona puede parecerte completamente insoportable.

La elección debería depender de qué sensación buscas, no de cuánto puedes presumir después. Esto parece una obviedad. Internet demuestra periódicamente que no lo es.

Con el culo hay una norma particularmente importante

Podemos bromear muchísimo con juguetes sexuales. Pero hay una frase que merece bastante seriedad: Cualquier juguete que vaya a introducirse en el ano necesita una base suficientemente ancha o un sistema diseñado para impedir que pueda introducirse completamente.

La anatomía tiene sus peculiaridades.

Un juguete introducido en la vagina no puede «perderse» dentro del abdomen porque existe una barrera anatómica al final del canal vaginal. El recto, en cambio, no ofrece esa misma protección, y un objeto sin base de seguridad puede desplazarse hacia el interior hasta resultar imposible retirarlo sin asistencia médica.

Por eso los juguetes anales deben estar diseñados específicamente para esa práctica, con una base de seguridad adecuada y una forma que permita retirarlos.

Así que ese pepino que acabas de mirar en la cocina: No. Y tampoco aquel frasco. Ni esa cosa que has encontrado en el garaje y que «casualmente tiene la forma perfecta». El hecho de que algo pueda entrar en un cuerpo no significa que deba hacerlo. Y si un objeto queda retenido, no conviene intentar recuperarlo introduciendo otros utensilios. Hay que buscar atención médica.

Ya tendremos tiempo de reírnos de la anécdota cuando todo esté donde corresponde.

El material importa más de lo que parece

El juguete precioso de doce euros encontrado en una web misteriosa puede dejar de parecer una ganga cuando descubres que no tienes ni idea de qué está hecho. Cuando hablamos de juguetes que van a entrar en contacto con mucosas, los materiales y la facilidad de limpieza merecen bastante atención.

Entre las opciones habituales están la silicona de calidad adecuada para uso corporal, determinados plásticos rígidos, el acero inoxidable y el vidrio fabricado específicamente para juguetes sexuales.

Los materiales no porosos y con superficies íntegras suelen facilitar una higiene más eficaz. Los materiales porosos, por el contrario, pueden resultar más difíciles de limpiar correctamente. También importa el diseño: una superficie agrietada, juntas difíciles de limpiar o un recubrimiento deteriorado pueden convertir un juguete aparentemente estupendo en una mala elección.

Esto tampoco significa que necesites estudiar ingeniería de polímeros antes de masturbarte.

Significa algo mucho más sencillo: Compra juguetes pensados para uso sexual, de fabricantes fiables, y comprueba de qué están hechos. La descripción «sensación ultrasuave premium deluxe real skin» no es un material.

Y una fotografía espectacular tampoco es un certificado de seguridad.

El lubricante: ese secundario que acaba robando la película

Puedes gastarte 150 euros en un juguete sexual espectacular y descubrir que el producto que realmente transforma la experiencia cuesta diez. Lubricante. Especialmente para cualquier práctica anal, donde la lubricación adicional resulta fundamental porque el ano no produce lubricación propia.

Pero también puede mejorar muchísimo el uso vaginal de juguetes, reducir la fricción y hacer más cómoda la experiencia. Eso sí: no todos los lubricantes son compatibles con todos los materiales.

Como regla práctica, uno de base acuosa suele ser una opción muy versátil. Con juguetes de silicona conviene consultar las instrucciones del fabricante antes de utilizar lubricantes también de silicona, ya que determinadas combinaciones pueden deteriorar el material.

Y si se utilizan preservativos de látex, los productos aceitosos pueden dañarlos.

Tampoco hay que confundir lubricación con consentimiento o comodidad. Si algo duele, se para y se averigua qué ocurre. Añadir medio bote de lubricante para seguir soportando una molestia no convierte la experiencia en placentera.

No es la parte que suele aparecer en las escenas eróticas. Curiosamente, es una de las que más pueden ayudar a que la escena erótica real salga bien.

Compartir es bonito. Las bacterias, bastante menos

Un juguete sexual puede transportar fluidos y microorganismos entre personas. Por tanto, compartirlo también puede facilitar la transmisión de determinadas infecciones. La solución tampoco exige montar un quirófano en el dormitorio.

Hay que limpiarlo siguiendo las instrucciones del fabricante, especialmente antes de cambiar de persona o de zona corporal. Cuando corresponda, utilizar un preservativo sobre el juguete y cambiarlo entre usos puede añadir una barrera de protección.

Y existe una regla particularmente importante: Si un juguete ha estado en el ano, no debería pasar después directamente a la vagina.

Primero debe limpiarse adecuadamente y, si llevaba preservativo, cambiarlo. La limpieza sigue siendo necesaria cuando el propio juguete se ha contaminado. También conviene comprobar si el aparato es sumergible, resistente únicamente a salpicaduras o necesita una limpieza específica. No todos los juguetes electrónicos agradecen una inmersión en agua.

El sexo puede ser sucio en sentido figurado. Microbiológicamente, mejor no abusar del concepto.

¿Y qué juguete compramos para usar en pareja?

Aquí aparece el error clásico: Comprar algo sin hablarlo. «Cariño, te he comprado esto». Y aparece sobre la cama un dispositivo que parece haber sido rechazado como accesorio en Dune por resultar demasiado intimidante.

Sorpresa. Si conoces perfectamente a tu pareja y sabes que le encantará, estupendo. Pero introducir juguetes en una relación suele funcionar bastante mejor cuando se habla previamente de qué os apetece probar.

Puede ser una conversación sorprendentemente divertida.

¿Te gustaría experimentar una sensación diferente? ¿Te apetecería controlar el juguete que llevo yo? ¿Quieres que lo utilice sobre ti? ¿Te da morbo mirar? ¿Prefieres algo para utilizar durante la penetración? ¿Hay alguna práctica que siempre hayas querido probar?

Y de repente ya no estás hablando únicamente de comprar plástico, silicona y un pequeño motor. Estás hablando de deseos. Que suele ser bastante más interesante. Y tampoco hay que convertir cada juguete en una experiencia obligatoria para los dos.

Puede que uno disfrute utilizándolo y el otro prefiera participar de otra manera. O que alguno no quiera participar en absoluto. También está bien.

La complicidad no se mide por el número de accesorios que conseguís utilizar simultáneamente.

Los juguetes también pueden ser BDSM

No todos los juguetes sexuales vibran ni se introducen en algún sitio. Dentro del BDSM, el concepto se amplía muchísimo: Pinzas, vendas, elementos de restricción diseñados para juego erótico, ruedas de sensaciones, plumas, palas, floggers, dispositivos de castidad…

Aquí el objeto puede producir sensaciones directamente o convertirse en una herramienta para crear expectación, control, vulnerabilidad, intensidad o juego de poder. Y eso explica perfectamente por qué un accesorio que apenas hace nada físicamente puede resultar tremendamente excitante.

Una venda barata puede provocar más nervios que un vibrador de doscientos euros. Porque el cerebro tiene bastante que decir sobre lo que nos excita. Y los accesorios saben aprovecharse de ello.

Pensemos, por ejemplo, en un juguete controlado a distancia. El atractivo puede estar en la estimulación, pero también en saber que otra persona decide cuándo activarlo, siempre dentro de los límites previamente acordados.

O en un dispositivo de castidad. Su interés puede tener mucho más que ver con la anticipación, la entrega y el control consensuado que con el objeto físico. Naturalmente, cuanto mayor sea el potencial de producir dolor, inmovilización o lesiones, mayor tiene que ser también el conocimiento de la práctica, la comunicación y el acuerdo previo.

Una restricción nunca debería impedir liberar rápidamente a alguien en caso necesario, y cualquier juego de control debe permitir retirar el consentimiento.

«Lo compré en una sex shop» no constituye un manual de seguridad.

También hay juguetes que descubrirás que no te gustan

Esto forma parte del asunto. Puedes leer cincuenta reseñas maravillosas sobre un succionador y descubrir que tú detestas la sensación. Comprar un plug y decidir que el sexo anal no te interesa. Probar una varita potentísima y pensar: «¿Quién necesita semejante martillo neumático en el clítoris?».

Perfectamente válido. Los juguetes sexuales no son niveles de un videojuego que debamos desbloquear para convertirnos en adultos sexualmente avanzados.

Puedes tener quince. Uno. Ninguno. Puedes utilizar siempre el mismo. Puedes tener una colección que requiera su propio mueble de IKEA. Nada de eso determina lo buena que sea tu vida sexual.

Lo único interesante es si te aporta algo que disfrutas. Y si resulta que prefieres tus manos, las de tu pareja o ninguna clase de accesorio, tampoco hay que convocar una intervención.

El 4 de noviembre no hace falta comprar nada para celebrar

Los juguetes sexuales han cambiado mucho durante las últimas décadas. Pero probablemente haya cambiado todavía más nuestra manera de hablar de ellos.

Han pasado de ser objetos escondidos, asociados muchas veces a la soledad o a una sexualidad considerada rara, a formar parte de conversaciones sobre masturbación, orgasmo, pareja, diversidad funcional, menopausia, BDSM y bienestar sexual.

Y eso es bastante más interesante que cualquier vibrador nuevo con Bluetooth. Porque detrás del objeto hay una idea sencilla: Podemos explorar qué nos da placer sin tener que justificarlo ante nadie.

A solas. En pareja. Con las manos. Con la boca. Con un juguete. O con esa combinación completamente innecesaria de siete velocidades que acabamos utilizando siempre en la número tres.

Así que este 4 de noviembre puedes celebrar el Día de los Juguetes Sexuales comprando uno, sacando del cajón aquel que compraste hace meses, enseñándole a tu pareja el que llevas una semana mirando por Internet o simplemente preguntándote qué te gustaría probar.

Y si alguien se siente amenazado por el pequeño motor de silicona que acaba de aparecer en la cama, quizá haya que recordarle algo: No ha venido a sustituir a nadie. Ha venido a hacer equipo.

Y hasta aquí nuestra pequeña celebración de los juguetes que no necesitan pilas para generar conversación, aunque algunos las necesiten para todo lo demás.

Gracias por acompañarnos. Contadnos en los comentarios qué mito os parece más absurdo, qué accesorio os ha sorprendido o qué compra acabó criando polvo en el cajón. Y compartid el artículo con quien todavía crea que un vibrador es competencia desleal.

Nosotros seguiremos investigando. Por puro interés cultural, naturalmente.

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