Tu amiga está encantada con la píldora. Otra te ha contado que no volvería a tomarla ni aunque viniera acompañada de un apartamento en la playa.
Una conocida lleva un DIU y asegura que prácticamente se olvida de que existe. Otra escuchó una historia terrorífica sobre uno en TikTok y ha decidido que jamás permitirá que semejante artefacto se acerque a su útero.
Luego está tu novio, que probablemente tiene una opinión muy formada sobre los preservativos pese a que ninguno de ellos tiene que tomarse hormonas durante años.
Bienvenidos al maravilloso mundo de la anticoncepción.
Cada 26 de septiembre se celebra el Día Mundial de la Anticoncepción, una fecha destinada a mejorar el conocimiento sobre los métodos disponibles y favorecer decisiones informadas sobre salud sexual y reproductiva.
Y quizá la primera cosa que deberíamos recordar es bastante sencilla: no existe un anticonceptivo perfecto para todo el mundo.
«¿Cuál es el mejor método?»
Depende. Sí, es una respuesta bastante poco emocionante. También es la correcta.
Existen métodos de larga duración como los implantes y dispositivos intrauterinos (DIU); métodos hormonales que requieren un uso periódico, como píldoras, inyecciones, parches o anillos vaginales; métodos de barrera como los preservativos; métodos basados en el conocimiento de la fertilidad y métodos permanentes como la esterilización.
Cada uno tiene ventajas, inconvenientes y circunstancias en las que puede resultar más o menos adecuado. La OMS señala que la elección debe tener en cuenta la salud, las preferencias y las necesidades de cada persona.
Por eso probablemente no sea buena idea escoger tu anticonceptivo utilizando como único criterio:
«A Marta le va genial». Marta también puede dormir ocho horas seguidas, correr diez kilómetros los domingos y comer pimiento sin pasarse las siguientes seis horas recordándolo. Su cuerpo no es el tuyo.
La eficacia importa, pero no es lo único que importa
Cuando elegimos anticoncepción solemos preguntar qué método «funciona mejor». Es lógico. Pero la eficacia teórica no cuenta toda la historia.
Un método puede parecerte fantástico sobre el papel y resultar un desastre si depende de que recuerdes algo todos los días y eres la clase de persona que encuentra las llaves dentro de la nevera.
Para alguien puede ser importante olvidarse prácticamente de la anticoncepción durante mucho tiempo. Otra persona puede preferir tener más control sobre cuándo empieza y deja de utilizar el método. Algunas quieren evitar hormonas. Otras las utilizan sin problema. Hay quienes necesitan además protección frente a infecciones.
Y aquí hay una cosa importante: la eficacia de un método también depende de cómo se utiliza en la vida real. Un método que exige recordar una toma, una colocación o una pauta concreta puede encajar peor con determinadas rutinas que otro que no dependa tanto de la memoria.
No hay una medalla por utilizar determinado método. Hay que encontrar uno que funcione para ti.
La píldora no te protege de una ITS
Esto merece apartado propio porque sigue provocando confusión. Puedes utilizar perfectamente la píldora, un implante o un DIU para evitar un embarazo y continuar necesitando preservativo dependiendo de tus prácticas sexuales y exposición a infecciones.
¿Por qué?
Porque los preservativos son el único método anticonceptivo que además ofrece protección frente a la transmisión de ITS, incluido el VIH.
Los anticonceptivos hormonales y los DIU pueden ser muy eficaces evitando embarazos. Pero un virus tiene bastante poco interés por saber si tienes colocado un DIU. Son problemas distintos.
Eso sí: conviene decirlo con precisión. Los preservativos reducen de forma importante el riesgo de muchas ITS, pero no ofrecen una protección completa frente a aquellas que pueden transmitirse mediante zonas de piel no cubiertas, como algunas lesiones asociadas al herpes genital o la sífilis.
Por eso en determinadas situaciones puede tener sentido utilizar doble protección: un método muy eficaz contra el embarazo junto con preservativo para reducir el riesgo de ITS.
Dos problemas distintos. Dos posibles soluciones. Y bastante menos espacio para confiar en que «ya veremos».
«Pero yo controlo mis días»
Aquí entramos en un terreno en el que conviene distinguir entre conocer el propio ciclo y confiar ciegamente en una aplicación que ha decidido que el martes eres prácticamente inexpugnable.
Los métodos basados en el conocimiento de la fertilidad existen. También existe la marcha atrás.
Pero la OMS considera que estos métodos son menos fiables que otras alternativas anticonceptivas.
Eso no significa que nadie pueda utilizarlos. Significa que conviene saber exactamente qué riesgo estamos aceptando y no convertir una estimación en una certeza biológica que no existe.
Porque «creo que hoy no puedo quedarme embarazada» y «quiero evitar un embarazo» son dos afirmaciones bastante diferentes.
Y el calendario del móvil, por muy bonito que sea, no tiene poderes adivinatorios.
La anticoncepción también afecta al placer
Aquí viene una parte que suele desaparecer de los folletos. Un método anticonceptivo puede ser médicamente adecuado y, sin embargo, encajar fatal en tu vida sexual.
Quizá los preservativos que estás utilizando reducen demasiado la sensibilidad.
Quizá necesitas probar otra talla, grosor o material.
Quizá determinados efectos secundarios están afectando a tu deseo.
Quizá la preocupación constante por un embarazo te impide disfrutar del sexo.
Quizá colocar el preservativo se ha convertido en el momento menos erótico desde que alguien decidió responder un WhatsApp en mitad de los preliminares.
Todo eso también importa.
Y no es una preocupación frívola. La relación entre anticoncepción y vida sexual puede influir en que una persona continúe utilizando un método o decida cambiarlo. De hecho, la OMS participó en 2025 en un encuentro dedicado precisamente a cómo el placer, la satisfacción y la vida sexual pueden influir en el uso y abandono de métodos anticonceptivos. Porque anticoncepción y sexualidad no suceden en habitaciones separadas. El objetivo no debería ser únicamente impedir un embarazo.
También debería ser encontrar una forma de hacerlo compatible con una vida sexual que quieras tener.
La responsabilidad tampoco debería caer siempre sobre la misma persona
Durante décadas buena parte de la anticoncepción ha recaído sobre las mujeres.
Tomar la píldora.
Recordarla.
Pedir la receta.
Renovarla.
Gestionar posibles efectos secundarios.
Comprar anticoncepción de emergencia cuando algo falla.
Preocuparse por el retraso.
Mientras tanto, demasiados hombres han resumido su participación anticonceptiva en una frase:
—Es que con condón siento menos.
No parece exactamente un reparto equilibrado de responsabilidades.
Aunque muchas opciones anticonceptivas actúan necesariamente sobre el cuerpo de quien puede quedarse embarazada, decidir cómo evitar un embarazo debería ser una conversación compartida cuando existe una pareja sexual implicada. Informarse también es responsabilidad.
Comprar preservativos también.
Hablar de qué ocurriría si el método falla también. Y saber utilizar correctamente aquello que estamos usando, igualmente.
La propia OMS ha señalado la importancia de implicar a los hombres y de cuestionar la idea de que la planificación familiar sea principalmente una responsabilidad femenina.
Porque, curiosamente, un embarazo no suele ser un proyecto individual cuando hay dos personas participando en el asunto.
Anticoncepción no significa únicamente «no quiero hijos»
Hay quien utiliza anticonceptivos porque no quiere tener hijos nunca.
Quien no quiere tenerlos todavía.
Quien ya los tiene.
Quien quiere espaciar embarazos.
Quien necesita determinadas opciones por otros motivos médicos.
Y quien simplemente quiere tener sexo sin que cada retraso menstrual provoque una reconstrucción mental completa de todo lo ocurrido durante las últimas cuatro semanas.
Según la OMS, la planificación familiar permite decidir si se quieren tener hijos y, en caso afirmativo, el número y el intervalo entre embarazos. El acceso a la anticoncepción forma parte de la salud sexual y reproductiva y de la capacidad de tomar esas decisiones libremente.
En otras palabras:
tener control sobre si quieres reproducirte y cuándo también forma parte de tener control sobre tu sexualidad.
Así que, ¿qué deberías utilizar?
El artículo estaría quedando maravillosamente redondo si ahora pudiéramos decirte exactamente cuál. Pero no.
Dependerá de tu edad, antecedentes médicos, prácticas sexuales, preferencias, frecuencia de las relaciones, posibilidad de embarazo, tolerancia a determinados métodos y muchas otras circunstancias.
Para eso están los profesionales sanitarios.
Lo que sí puedes hacer es llegar a la consulta con mejores preguntas:
¿Qué eficacia tiene en el uso real?
¿Qué efectos secundarios son frecuentes?
¿Contiene hormonas?
¿Cuánto dura?
¿Puedo dejarlo cuando quiera?
¿Afecta a mi menstruación?
¿Necesito además preservativo?
¿Hay alguna razón médica por la que no sea adecuado para mí?
Porque el objetivo del Día Mundial de la Anticoncepción no debería ser convencerte de utilizar un método concreto.
Debería ser algo bastante más útil:
que puedas elegir sabiendo realmente qué estás eligiendo.
Y después dedicar tus relaciones sexuales a cosas bastante más interesantes que cruzar los dedos.
Esto es todo por hoy.
Que ningún DIU, píldora, preservativo ni calendario lunar decida por ti cómo organizar tu vida sexual.
Si tienes experiencia con algún método —buena, mala o digna de contar delante de una copa—, puedes dejarla en los comentarios.
Y comparte la entrada: nunca se sabe cuándo alguien necesitará recordar que su cuerpo no viene con las instrucciones de Marta incorporadas.
