El esclavo de la Reina del pop (3): El pacto para ser invisible

El tintineo de los tacones contra el mármol del pasillo se detiene bruscamente frente a una puerta de madera oscura. Aitana introduce la llave en la cerradura y la gira con un golpe seco de muñeca. La puerta se abre, revelando un interior inmerso en una penumbra azulada, iluminado solo por las luces de la ciudad que se filtran a través de grandes ventanales. Me empuja hacia adentro, no con fuerza, sino con un toque firme entre los omóplatos que me desestabiliza.

Cruzo el umbral. El aire aquí es diferente, más denso, impregnado con el mismo aroma a vainilla y cuero viejo que la impregna a ella. Ella cierra la puerta tras de nosotros. El sonido de la cerradura accionándose resuena como un disparo en el silencio del apartamento. No hay vuelta atrás. El peso del metal frío entre mis piernas, aprisionando mi carne en una jaula diminuta e ineludible, se vuelve más presente con el eco de ese clic.

—Arrodíllate —ordena su voz, cortante y sin rastro de fatiga, a pesar del largo día.

Mi cuerpo reacciona antes de que mi mente pueda procesar la orden. Mis rodillas golpean el suelo, duro y frío, probablemente piedra o madera pulida. La lencería negra de encaje que me obligó a ponerme se tensa sobre mis caderas, recordándome mi ridícula apariencia. Ella camina alrededor de mí, sus tacones marcando un ritmo lento y deliberado. Se detiene frente a mí, sus piernas largas y perfectas a la altura de mi vista.

—Mírame —dice.

Alzo la cabeza. La luz de la calle recorta su silueta. Sus manos suben lentamente a la espalda, buscando el cremallera de su vestido. El sonido del diente descendiendo por la tela es el único ruido en la habitación. El vestido se desliza por su cuerpo y cae al suelo en un charco de seda oscura. Ahora solo lleva un conjunto de lencería rojo carmesí, un contraste violento contra su piel pálida y el ambiente oscuro.

Ella da un paso adelante, acercándose a mi rostro. El calor de su cuerpo me envuelve. Sus dedos se enredan en mi cabello y tiran de mi cabeza hacia atrás, forzando mi nuca a doblarse hasta que mi garganta queda expuesta.

—Adórame —susurra, bajando la voz a un murmullo grave que vibra en mi pecho. —Pero recuerda las reglas. No toques nada que no sea yo. Y sobre todo, no te atrevas a buscar alivio para esa cosa inútil que tienes encerrada.

Su muslo izquierdo se acerca a mi boca. La piel es suave, casi satinada al tacto de mis labios. Extiendo la lengua y la deslizo desde la rodilla hacia arriba, siguiendo la curva interna de su pierna. Ella exhala, un sonido sutil, casi imperceptible, pero sus dedos en mi pelo se aprietan, confirmando que estoy en el camino correcto. Sigo la trayectoria, besando y lamiendo con devoción, tratando de no pensar en la presión creciente en mi ingle. Cada movimiento, cada instante de sumisión activa hace que la sangre intente fluir hacia mi miembro, solo para ser rechazada violentamente por los anillos de metal frío. El dolor es agudo, punzante, un recordatorio constante de mi propiedad.

—Más arriba —comanda.

Muevo la atención a sus caderas, besando la tela de la tanga roja que cubre su sexo, pero sin atreverme a bajarla sin permiso. El olor de su excitación es embriagador, una mezcla dulce y salada que nubla mis sentidos más que cualquier droga. Mis manos, temblorosas, se posan en la parte posterior de sus muslos, sosteniendo su peso mientras sigo el ritual de adoración con la boca.

Ella se aparta de mí bruscamente, dejándome jadeando en el suelo, el aire frío golpeando la humedad que dejé en su piel. Me mira desde arriba, una sonrisa de burla jugueteando en sus labios.

—No está mal, esclavo. Pero eso es solo el entretenimiento. Tienes que ganarte tu estancia aquí.

Aitana se sienta en un sofá de cuero negro, cruzando las piernas con elegancia. Me señala con un dedo largo, pintado de rojo carmesí.

—Ven aquí. Gatea.

Me arrastro por el suelo, las palmas de las manos rozando la superficie fría y lisa. El metal del cinturón de castidad golpea suavemente contra mis muslos con cada movimiento, una campana de mi propia vergüenza. Me detengo a sus pies, mirando hacia arriba, esperando.

—Escucha bien, porque no voy a repetirlo —dice, inclinándose hacia adelante. Su voz pierde el tono juguón y se vuelve dura, transaccional. —Tienes suerte de que sea una mujer generosa. Podría haber soltado esas fotos. Podría haber dejado que los fans te destrozaran en el parking. Pero elegí llevarte aquí.

Se levanta y comienza a pasearse por la habitación, enumerando puntos con sus dedos.

—Este apartamento no se limpia solo. La ropa no se lava sola. La nevera no se llena sola. Mi bañera no se llena con agua caliente sola. Y yo no voy a perder mi tiempo con tareas domésticas cuando tengo a un fan como tú ocupando espacio. A partir de ahora, tú harás todo.

Me quedo en silencio, el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas. La humillación de la propuesta es casi tan física como el dolor en mi ingle.

—Por las mañanas, limpiarás. A fondo —continúa, deteniéndose frente a una gran estantería llena de libros y trofeos. —Polvo, barrer, fregar. Si encuentro una sola mota de polvo cuando vuelva… bueno, es que espero que eso no ocurra. Y créeme, lo que te hice en el camerino fue solo un abrebocas comparado con lo que puedo inventar.

Vuelve a mí y se agacha, colocando su rostro a centímetros del mío. Puedo ver la textura de su maquillaje, el brillo de sus labios.

—Además, cocinarás. Me gusta comida fresca, saludable, y servida a la hora exacta que yo diga. Si quemas algo, si la comida está fría… —Su mano baja y toca el metal del cinturón de castidad, presionando el anillo base contra mis testículos. Un gemido involuntario escapa de mi garganta. —…esto se quedará apretado el doble de tiempo. Y te aseguro que la agonía será mucho peor que el orgullo de limpiar mis botas.

Se endereza y camina hacia una mesa auxiliar donde descansa su teléfono. Lo levanta y lo agita frente a mí.

—Este es nuestro trato. Trabajas como mi sirviente personal, mi criada, lo que yo decida que seas ese día. A cambio, mantengo tu secreto. Nadie tiene por qué saber que el tipo que adoraba a su artista favorita desde el público ahora es su esclavo doméstico vestido con encajes. Al menos, mientras seas útil.

La realidad de las palabras se asienta en mi estómago como una piedra pesada. No es solo un juego sexual nocturno. Es una sentencia de servidumbre. Mi vida, mi libertad, mi dignidad, todo reducido a un intercambio: limpieza por silencio.

—¿Qué dices? —pregunta, aunque no espera una respuesta real. —¿Aceptas el trabajo o prefiero subir esas fotos a Instagram ahora mismo?

—Lo acepto —logro decir, mi voz ronca y seca.

—Sabio —responde ella con una sonrisa fría. —Ahora, ponte de pie. Te mostraré la cocina. Y quita esa cara de sufrimiento. Dentro de una semana, estarás rogando por fregar mis platos solo para estar en la misma habitación que yo.

Me levanto con dificultad, las rodillas rígidas y el dolor punzante en la entrepierna recordándome mi lugar. Valeria ya se está alejando, sus caderas balanceándose con un ritmo hipnótico, sabiendo que la seguiré. Porque ahora, no tengo otra opción. Soy suyo, encerrado en acero y obligado a servir, atrapado en una jaula mucho más grande que el dispositivo entre mis piernas.

Esto es todo por hoy, queridos sumisos y dominantes en potencia. ¿Os ha puesto el corazón a mil como a nuestro protagonista? ¡Dejad vuestros comentarios más jugosos abajo y compartid esto en redes antes de que Aitana os ponga a fregar el suelo virtual! Un minuto y la web brilla más que su lencería roja.

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