La Elegida

El bajo de la música golpea en mi pecho con la misma fuerza que un latido acelerado, vibrando hasta las raíces de mi cabello. El aire en el club es denso, una mezcla de perfume barato, alcohol derramado y el calor que emana de cientos de cuerpos frotándose unos contra otros. Muevo las caderas al ritmo, dejando que la melodía electrónica me arrastre, pero mis ojos están fijos en la esquina de la barra. Allí están ellos.

Carlos, con su camisa de lino abierta hasta el esternón, mostrando un vello facial rizado y piel bronceada que parece pedir ser tocada. Tiene esa mirada pesada, de hombre que sabe lo que quiere, y sus ojos oscuros ya me han desnudado dos veces desde que llegamos. A su lado, Sandra es un contraste delicioso; su vestido rojo ceñido se pega a sus curvas como una segunda piel, resaltando unas caderas anchas y un par de tetas que se mueven al compás de su risa. Ella me mira con una mezcla de coquetería y timidez, mordiéndose el labio inferior, un gesto que envía una corriente eléctrica directamente a mi entrepierna.

Me acerco, impulsada por la atracción magnética que flota entre los tres. No hace falta presentar formalmente las intenciones; la química es palpable en el aire. Carlos me tiende una copa, sus dedos rozan los míos, y la piel se me eriza. Sandra se acerca más, su perfume floral invade mis sentidos, y su cadera roza la mía de forma casi accidental.

—¿Te gusta lo que ves? —susurra Carlos, su voz ronca cortando el estruendo de la música.

Asiento, incapaz de formular palabras, y tomo un sorbo de la bebida para disimular la sequedad en la garganta. Sandra rueda sus caderas contra mí, una presión suave pero insistente, y siento el calor de su cuerpo a través de la tela fina de mi vestido. La noche se convierte en una mancha de luces estroboscópicas, alcohol y tactos furtivos. Bailamos, los tres entrelazados, una masa de extremidades sudorosas y respiraciones entrecortadas. En un momento de pausa, Carlos me atrapa por la cintura y me besa, una lengua agresiva que explora mi boca con posesividad, mientras Sandra besa mi cuello, sus dientes rozando la piel sensible justo debajo de la oreja.

—Vámonos a casa —propone Carlos, separándose apenas un centímetro de mis labios, su aliento caliente oliendo a whisky y tabaco.

El trayecto en el taxi es un silencio cargado de electricidad estática. Sandra se sienta en el medio, su mano descansa sobre mi muslo, subiendo lentamente hacia el interior, mientras Carlos mira por la ventana, pero su mano se posa con firmeza en el hombro de ella, como si marcara territorio. Mi corazón golpea contra las costillas, no solo por el alcohol, sino por la anticipación de lo que está por venir. No es solo un polvo casual; hay algo en la dinámica de ellos, en la forma en que él la controla y ella se deja llevar, que me promete una noche muy diferente a las habituales.

La casa de ellos es un apartamento moderno, minimalista, con muebles oscuros y iluminación tenue. En cuanto la puerta se cierra tras nosotros, cortando el ruido del mundo exterior, la atmósfera cambia. El aire está más frío, más limpio, y la tensión sexual se vuelve casi sólida. Carlos no pierde tiempo. Me conduce hacia el salón, donde una única lámpara de pie arroja una sombra alargada sobre el suelo de parqué.

—Siéntate —dice Carlos, señalando un sofá de cuero negro.

Me siento, cruzando las piernas, intentando mantener una compostura que se desmorona rápidamente. Sandra se queda de pie frente a mí, pero sus ojos bajan a la alfombra, sus manos juntas frente a su cuerpo en una postura que, de repente, parece más servil que relajada. Carlos camina hacia una silla de madera robusta que hay en una esquina, apartándola del resto de los muebles para colocarla frente al sofá, justo en el punto de mira de la luz.

—Hay algo que necesito que sepas, Lucía —comienza Carlos, su voz perdiendo la calidez de la fiesta para adquirir un tono grave, autoritario. Se gira hacia mí y sus ojos clavan los míos con una intensidad que me paraliza—. Esta noche no se trata solo de sexo. Te hemos elegido.

Me quedo inmóvil, procesando las palabras. Elegida.

—Sandra necesita algo que yo ya no puedo darle solo —continúa, acercándose a la silla y pasando la mano por el respaldo de madera—. Necesita una mano firme. Una mujer que sepa manejarla. Alguien que la domine.

La respiración se me atrapa en la garganta. Miro a Sandra. Ella no levanta la vista, pero veo cómo sus pezones se endurecen bajo la tela del vestido rojo, notando el contorno perfecto. Un rubor sube por su cuello, revelando que la vergüenza se mezcla con una excitación malsana. Carlos saca unas cuerdas de nylon negro de un cajón lateral. El material es grueso, resistente, diseñado para inmovilizar.

—Yo me quedaré aquí —dice Carlos, sentándose en la silla y dejando las cuerdas sobre sus muslos—. Atado. Mirando. Tú tendrás el control total de ella. Tú serás la dueña de su coño esta noche.

La imagen golpea mi mente con la fuerza de un tsunami. Carlos, el hombre que parecía el depredador alfa, entregándose a la inmovilidad para convertirse en un espectador. Sandra, la presa, entregada a mi merced. Siento cómo se me humedece la ropa interior, una respuesta visceral e inmediata a la propuesta. El poder flota en la habitación, pesado y dulce, esperando a que alguien lo agarre.

—¿Estás segura? —pregunto, mi voz sonando más ronca de lo que esperaba, dirigiéndome a Sandra por primera vez desde que entramos.

Ella asiente, un movimiento pequeño y tembloroso, y finalmente alza la vista. Sus ojos están brillantes, dilatados, llenos de una súplica silenciosa.

—Sí, Lucía —susurra ella, y suena como una confesión—. Por favor.

Carlos comienza a atarse las muñecas a los brazos de la silla con movimientos expertos, haciendo nudos que sé que no cederán. Se coloca en el centro de la habitación, un espectador inmovilizado, su mirada fija en nosotras como un lobo encadenado. Su polla ya se marca dura bajo el pantalón, un bulto prominente que grita su deseo de participar, pero su voluntad lo mantiene sujeto.

Me levanto del sofá. El sonido de mis tacones en el parqué resuena como un disparo en el silencio de la habitación. Me acerco a Sandra, su respiración se corta cuando me detengo a pocos centímetros de ella. Puedo oler su aroma, una mezcla de sudor dulce y miedo excitado. Alargo la mano y le toco la mejilla, deslizando el pulgar por sus labios, que se abren instintivamente para dejar entrar mi dedo.

—Muy bien —digo, sintiendo el peso de la autoridad que me han entregado, una pesada capa de poder que se ajusta a mis hombros como una segunda piel—. Si él va a mirar, vamos a darle un espectáculo que nunca olvide.

Miro a Carlos sobre la silla, sus ojos ardientes, y luego bajo la mirada a Sandra, que tiembla bajo mi toque. El aire vibra con la promesa de dolor y placer, y sé que esta noche cambiará todo. Me agarro al vestido de Sandra y, con un movimiento brusco, empiezo a bajar la cremallera, dejando al descubierto la piel pálida y temblorosa de su espalda, lista para marcarla como mía.

El vestido rojo cae al suelo en un círculo de satén, dejando a Sandra expuesta, temblando ante mí. No le doy tiempo a que respire; agarro su muñeca con fuerza y la arrastro hacia el sofá de cuero negro que domina el centro de la sala. Ella tropieza ligeramente, sus tacones resonando contra la madera, pero yo no me detengo. La empujo hacia los cojines y, con una mano firme en su hombro, le ordeno bajar.

—Arrodíllate —mi voz baja, pero cargada de una autoridad que hace que sus muslos tiemblen al obedecer.

Sandra cae de rodillas frente a mí, su respiración entrecortada, los ojos clavados en mi entrepierna. Enredo mis dedos en su cabello suelto, tirando de la raíz hasta que arquea el cuello, ofreciéndome su garganta vulnerable. Con mi mano libre, me bajo la falda y deslizo las bragas a un lado, exponiendo mi coño húmedo y caliente. Empujo su cara hacia adelante, guiándola hacia mi carne, exigiendo sumisión absoluta.

—Demuéstrame cuánto lo quieres —susurro, frotando mi humedad contra sus labios—. Hazlo bien si quieres que te deje correrte.

A mi lado, en la silla de roble, Carlos se retuerce. El nylon negro aprieta sus muñecas contra los respaldos, y su erección es un bulto prominente bajo su pantalón de lino. Su respiración es pesada, un sonido ronco en su garganta mientras me mira con ojos vidriosos, suplicando silenciosamente, rogando con la mirada que yo lo toque, que lo libere, que le permita participar. Pero yo solo sonrío, sintiendo el calor de la lengua de Sandra empezando a trabajar en mi clítoris, ignorando por completo a nuestro espectador cautivo.

La sensación es eléctrica, pero no estoy lista para ceder el control todavía. Retiro la cabeza de Sandra bruscamente, dejándola jadeando y con la boca abierta, buscando mi piel con los labios. Tomo las cuerdas que Carlos había dejado sobre la mesa y me acerco a ella. En un movimiento rápido y experto, paso el nylon resistente alrededor de su muñeca izquierda y la anudo al brazo del sofá. Repito la acción con la derecha, tensando las cuerdas hasta que ella queda inmovilizada, los brazos abiertos en forma de V, el torso expuesto y vulnerable.

Ahora es mía.

Recorro su cuerpo con las yemas de los dedos, empezando por el cuello y bajando lentamente por la línea de sus clavículas. Mis toques son suaves, casi como plumazos, una ternura engañosa que hace que la piel de Sandra se erice. De repente, cambio la táctica: mis uñas se hunden en los senos suaves de ella, dejando marcas rojas a su paso. Ella gime, arqueando la espalda, buscando más dolor, más placer. Le muerdo el pezón con fuerza, saboreando su sabor a piel y sudor, y luego paso la lengua por la marca para aliviar el dolor.

Desde la silla, Carlos se muerde el labio inferior con tanta fuerza que casi sangra. Sus puños golpean suavemente contra la madera, frustrado, viendo cómo exploro cada centímetro de su compañera, sabiendo que su turno no ha llegado. El bulto en su pantalón parece a punto de rasgar la tela, su polla palpitando con cada latido de su corazón, pero yo niego ese alivio, disfrutando de su tortura visual.

Es hora de jugar con su mente. Cojo el vibrador que había preparado en la mesita de lado, un juguete grande y plateado. Sin previo aviso, lo presiono contra el monte de Venus de Sandra y lo enciendo al máximo. El zumbido eléctrico llena la sala y ella grita, sus caderas levantándose del sofá, buscando la fricción. Justo cuando siento que sus músculos empiezan a contraerse, cerca del clímax, apago el juguete.

Sandra grita de frustración, tirando de sus ataduras, su cuerpo retorciéndose en el vacío.

—No, no… por favor —suplica, su voz quebrada.

Carlos tiene los ojos desorbitados, incapaz de apartar la mirada del espectáculo de negación. Ve cómo el placer se acumula en el cuerpo de Sandra y cómo se lo arruino una y otra vez, encendiendo y apagando el vibrador en intervalos irregulares. Sonrío maliciosamente, sintiendo el poder absoluto sobre sus orgasmos, sobre su capacidad de sentir placer. Sandra está al borde de las lágrimas, su coño empapado brillando bajo la luz de la lámpara, pero no le permito salir.

—Solo cuando yo lo diga —le susurro al oído, apagando el juguete otra vez y dejándola jadeando.

Con Sandra al borde del colapso nervioso, tomo una mordaza de cuero con una bola de silicona roja en el centro. Se la acerco y, antes de que pueda protestar, se la introduzco en la boca y la abrocho detrás de su nuca. Ahora solo puede emitir gemidos ahogados, sonidos guturales que aumentan mi propia excitación. Fijo el vibrador en su sitio con una cinta, dejándolo encendido a una velocidad baja, constante, suficiente para mantenerla al borde pero sin dejarla caer.

Me giro hacia Carlos. Él está sudando, su pecho subiendo y bajando rápidamente. Me acerco a él, caminando despacio, sintiendo cómo mi propia humedad resbala por mis muslos. Me coloco sobre sus piernas, estrangulándolo suavemente con mis muslos, y bajo la cabeza hacia la suya.

El beso es salvaje, lleno de dientes y lengua, posesivo y hambriento. Carlos responde con desesperación, intentando mover sus manos atadas para tocarme, pero solo logra tirar de las cuerdas. Mando mi mano derecha hacia su entrepierna y palpo la dureza de su miembro a través de la tela rugosa. Él gime dentro de mi boca, luchando por quitarse la ropa, por liberar su polla que pide a gritos salir.

Me levanto un instante y me desnudo del todo, dejando que mi ropa caiga al suelo. Estoy completamente desnuda frente a ellos, mi piel brillando bajo la luz. Con movimientos rápidos, desabrocho el cinturón de Carlos y bajo la cremallera de su pantalón. Su polla salta libre, dura, gruesa y roja, con las venas marcadas por la tensión.

No pierdo más tiempo. Agarro su miembro viril con una mano y, sin previo aviso, me impalo sobre él, bajándome hasta que lo tengo todo dentro. Carlos grita, su cabeza echada hacia atrás, mientras yo empiezo a montarlo, usando sus muslos como apoyo, moviendo las caderas en un ritmo brutal, mientras él sigue atado, incapaz de hacer más que recibir el castigo y el placer que decido otorgarle.

El sudor de Carlos resbala por su pecho y se mezcla con el mío mientras salto sobre su verga con una furia incontrolable. Cada embestida me hace gritar, sintiendo cómo su glande golpea mi fondo una y otra vez. De reojo, diviso a Sandra en el sofá. Su mirada es de un odio puro, mezclado con una lujuria desesperada que la consume viva. Tira de las cuerdas de nylon que la aprisionan, sus muñecas se ponen rojas y blancas por el esfuerzo, pero los nudos, perfectamente atados, no ceden ni un milímetro. Intenta emitir un sonido, una palabra, una súplica a través de la mordaja de cuero, pero solo sale un gemido gutural y ahogado, patético en su impotencia. Quiere atención, quiere que mire, que la toque, pero yo solo sonrío con malicia y bajo la mirada hacia donde nuestros cuerpos se unen, excluyéndola deliberadamente.

Me inclino hacia el oído de Carlos, mis pechos duros rozando su pecho velludo, y le susurro cosas sucias, promesas de vicio y depravación mientras le muerdo el cuello con fuerza, dejando la marca de mis dientes en su piel. Él gruñe, un sonido animal, intentando liberar sus manos para agarrarme las caderas, pero solo logra que las cuerdas rocen su piel. Sigo cabalgándolo, usándolo como un simple objeto para mi placer, dejando que su polla me rompa el fondo a mi antojo. De repente, una idea eléctrica y perversa cruza mi mente, iluminando mis ojos con una chispa de maldad. ¿Por qué conformarme con que la mire desde el sofá? ¿Por qué no obligarla a presenciar el acto desde primera fila, tan cerca que pueda oler el sexo y sentir el calor?

Me levanto de golpe, dejándolo jadeando y con su miembro en el aire, palpitante y rojo. Deshago los nudos de las muñecas de Carlos con rapidez, liberando sus brazos. Sin darle tiempo a que se recupere, lo agarro del pene y lo guío hacia la cama grande que domina la habitación. Antes de tumbarme, me giro hacia Sandra y, con un tirón brutal de las cuerdas que la sujetan al sofá, la arrastro hasta la cama. Ella resiste, patalea, pero su fuerza es nula comparada con mi adrenalina. La dejo caer sobre las sábanas, atada y expuesta, justo al lado del lugar donde yo me tumbo, abriendo las piernas de par en par para recibir a Carlos.

—Ahora sí que vas a ver de cerca, zorra —le siseo, mirándola a los ojos.

Carlos se lanza sobre mí como una bestia que ha estado en hambre durante años. No hay ternura, solo hambre cruda. Me penetra de nuevo, esta vez con más libertad y profundidad, y empieza a follar sin descanso. Cambiamos de posturas con una violencia erótica; pone mis piernas sobre sus hombros, hundiéndose hasta que siento que me parte por la mitad, y luego me gira sobre mis costados, follándome en cuchilla mientras mi cara está a centímetros de la de Sandra. Ella llora detrás de la mordaja, sus ojos vidriosos clavados en la polla de su novo entrando y saliendo de mi coño lubricado, observando cada detalle de nuestra unión.

En un momento de pausa, mientras Carlos recupera el aliento un segundo, me inclino sobre el cuerpo tembloroso de Sandra. Bajo la cabeza hasta su entrepierna y paso la lengua plana por sus labios mayores, empapándome en sus flujos calientes y salados. Está húmeda, hirviendo, al borde del colapso. Ella emite un gemido agudo, arqueando la espalda buscando mi boca, buscando el orgasmo que le he negado tanto tiempo, pero me retiro justo cuando empieza a subir de tono, dejándola en la agonía de la incompletitud una vez más.

Carlos, incapaz de aguantar más el espectáculo y la presión de mis músculos internos apretándolo, acelera el ritmo descontroladamente. —Me corro, Lucia… —jadea, con la voz rota. Siento cómo se tensa, cómo su polla se dilata dentro del látex y libera su carga caliente. El calor de su semen me inunda incluso a través del preservativo, una sensación húmeda y placentera que me hace estremecerme desde dentro. Él se deja caer sobre mí, pesado y satisfecho, pero yo no he terminado.

—Te has corrido dentro de mí sin permiso —le recrimino suavemente, empujándolo para que se aparte y me deje espacio. Me incorporo y miro el preservativo lleno, colgando pesado de su miembro que empieza a flaccidarse. —Eso ha estado mal, Carlos. Tú sabes que ese semen solo le pertenece a Sandra. Con movimientos precisos y lentos para aumentar la tensión, retiro el condón, asegurándome de no derramar una gota del preciado líquido blanco.

—Ahora, límpiame —le ordeno, señalando mi coño sudado y usado. Carlos obedece sin rechistar, bajando la cabeza entre mis muslos para procurarme un cunnilingus tal y como le he exigido, lamiendo con dedicación mientras yo me recuesto contra los cojines y disfruto de su lengua. Mientras él trabaja en mí, tomo el preservativo lleno y me vuelvo hacia Sandra, que me mira con terror y expectación. Deslizo mis dedos dentro del látex, cubriéndolos generosamente con el semen caliente y espeso de su novio.

—Esto es lo que querías, ¿verdad? —le susurro al oído. Con los dedos empapados en la corrida de Carlos, empiezo a masturbarla. El semen resbala por su clitoris, mezclándose con sus propios fluidos en una mezcla viscosa y obscena. La introduzco en su agujero, usándola como lubricante para follarla con los dedos con brutalidad, marcándola por dentro con el espermatozoide de otro. Sandra se retuerce, sus ojos se ponen en blanco y sus piernas tiemblan violentamente. Entre la humillación absoluta, el semen de su novo dentro de ella y mis dedos expertos, finalmente estalla. Un grito ahogado por la mordaja anuncia su clímax violento, su cuerpo convulsionando bajo mi mano mientras Carlos sigue lamiéndome con devoción. Observo el caos que he creado, sintiendo el poder absoluto en la habitación mientras la respiración de los tres se entrelaza en el aire denso y cargado de sexo del dormitorio.

Y hasta aquí esta noche de miradas, cuerdas y decisiones bastante poco prudentes.
Gracias por llegar hasta el último nudo sin pedir que apagáramos la música. Cuéntame en comentarios qué momento te ha dejado con más ganas de seguir leyendo.
Y comparte el relato con esa persona que disfruta de los juegos de poder bien contados: prometo que para hacerlo no necesitarás permiso… ni palabra de seguridad.

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