Inmóvil, un nuevo trago, largo y abundante, se abre paso por mi garganta y se expande por mi estómago como una estrella fugaz en llamas. Aitana me observa con los ojos entornados, midiendo mi reacción, esperando el colapso de mis defensas mentales. Es la primera vez que prueba esta mezcla; me confiesa que una amiga artista, alguien acostumbrada a romper voluntades en las giras internacionales, le recomendó la fórmula exacta para desinhibir sin nublar el juicio.
—¿Lo sientes? —pregunta, y su voz no es un sonido, es una orden física que hace vibrar mis costillas.
Asiento con la cabeza, incapaz de articular palabras. El mundo se vuelve nítido, demasiado nítido. Los olores a maquillaje, a cuero, a su perfume floral y animal se disparan contra mis fosas nasales. Puedo oír el zumbido eléctrico de las luces del techo. Pero lo más aterrador es la claridad con la que veo a ella. No es solo una estrella; es una depredadora que ha decidido no cazar hoy, sino alimentarse de lo que ya tiene atrapado en la jaula.
—Ahora estás completamente a mi merced —susurra, acercando su rostro al mío hasta que su aliento baña mis labios—. Tu mente ya no te pertenece. Solo tu obediencia. A partir de ahora no harás nada sin que yo lo diga. Ni siquiera contestar. Crees que es una broma, pero no.
Se levanta de un salto, la energía del concierto aún corriendo por sus venas, y camina hacia una mesa auxiliar llena de maletas de maquillaje y accesorios. Yo me quedo clavado en el sofá, paralizado por la mezcla de terror y una erección que duele, palpitante contra la tela del pantalón.
—Tráeme ese vaso de agua —señala hacia una mesa lejos de donde estamos, sin girarse a mirarme—. Ahora.
Mi cuerpo se mueve antes de que mi cerebro pueda procesar la estupidez o la humillación de la orden. Me levanto, tropiezo ligeramente con mis propios pies y camino hacia la mesa. El suero me impide sentir vergüenza, solo una necesidad urgente de complacer. Cojo el vaso y se lo entrego con ambas manos, como una ofrenda sagrada.
Aitana toma el agua sin mirarme, bebe un sorbo largo y deja el vaso en cualquier superficie.
—Arrodíllate —dice.
Mis rodillas golpean el suelo con un golpe sordo. El suelo es duro, frío, pero la sensación de estar abajo, mirando hacia arriba hacia su figura imponente, envía una descarga eléctrica directa a mi entrepierna. Ella se acerca, descalza, y posa un pie sobre mi hombro. La presión es firme, dominante. Me empuja hacia atrás, forzándome a bajar la espalda.
—Quítate la camisa —comanda.
Mis manos tiemblan, pero desabrochan los botones con una rapidez frenética. La tela cae al suelo y el aire frío del camerino pega contra mi piel sudorosa. Ella ríe, un sonido bajo y gutural, y mueve el pie desde mi hombro hasta mi pecho, pinchando mi piel con sus uñas pintadas de rojo carmesí.
—Qué patético eres. Tan fácil de romper.
Baja la pierna y deja que su pie descienda por mi torso hasta llegar a la entrepierna. Pisa suavemente mi erección a través del pantalón. Gimo, un sonido ronco que no reconozco como mío. La mezcla química amplifica cada toque, convirtiendo la presión en una agonía deliciosa.
—Bájate los pantalones —ordena, apartando el pie apenas un centímetro.
Obedezco. Desabrocho el cinturón, bajo la cremallera y dejo que la prenda caiga hasta mis tobillos. Mi polla se libera, golpeándome el muslo al estar tan endurecida. Aitana la mira con curiosidad clínica, como si fuera un espécimen en un laboratorio, no con deseo, sino con propiedad.
—No te toques —dice al ver que mis manos se mueven instintivamente hacia mi verga—. Eso es solo para mí. Si te tocas sin permiso, te cortaré las manos.
La amenaza no suena a metáfora. Retiro las manos rápidamente y las pongo a la espalda, entrelazando los dedos.
—Buen chico —murmura.
Se gira y camina hacia un armario empotrado en la pared. De dentro saca una caja negra de terciopelo. La abre y saca un dispositivo de metal brillante, un cinturón de castidad complejo con anillos y un tubo que parece cruelmente pequeño. A su lado, saca un conjunto de lencería negra, transparente, con ligas.
Me quedo paralizado un segundo. La lencería es claramente para una mujer, o para un hombre destinado a ser humillado.
—Vístete —lanza las prendas a mis pies.
Me deshago de los pantalones y los zapatos y cojo la tela fina. La tela es suave, fría. Subo las bragas de encaje por mis piernas. Se quedan ajustadas contra mis piel, el encaje rasca ligeramente mis muslos peludos. Mi polla no cabe en la parte delantera; se abulta contra el tejido transparente, obscena y ridícula. Aitana asiente, satisfecha con la visión.
—El cinturón —indica con la cabeza.
Cojo el dispositivo de metal. Es pesado, frío. Paso el anillo principal detrás de mis testículos, ajustándolo hasta que la carne se abulta alrededor del metal. El tubo es más difícil. Tengo que empujar mi erección para que quepa, lo cual es casi imposible debido a la excitación. Aitana se impacienta y se acerca. Me da un bofetón en la cara, no muy fuerte, pero suficiente para sacudirme.
—Suave. Mételo.
Con un esfuerzo supremo, logro encajar la punta en el tubo y empujar. El metal se traga mi polla, comprimiéndola, oprimiéndola contra el frío acero. Aitana toma el candado pequeño que venía con la caja y hace clic. El sonido es definitivo, una sentencia final. Tiro del dispositivo; es inamovible. El metal aprieta mis testículos, un recordatorio constante y doloroso de mi cautiverio.
—Ahora sí eres mío de verdad —dice, acariciando el metal que aprisiona mi sexo—. Nadie más va a tocar esto nunca. Solo yo, cuando decida que te lo mereces.
Da un paso atrás, admirando su obra. Un hombre, arrodillado en lencería negra, con un cinturón de castidad brillante, temblando y drogado, esperando su siguiente palabra.
—Levántate —ordena.
Me pongo de pie con dificultad. El metal tira el peso hacia abajo, incómodo. Aitana se acerca a mí y ajusta las ligas de la lencería, asegurándose de que estén rectas.
—Vamos a casa —anuncia de repente, caminando hacia la puerta del camerino.
Me quedo inmóvil, mirando mi ropa tirada en el suelo.
—¿Qué… qué hago con esto? —pregunto, señalando mi pantalón y mi camisa.
Ella se detiene en el umbral y se gira lentamente. Una sonrisa malévola se curva en sus labios.
—Nada. Te vas así. Y por si no ha quedado claro. Tienes prohibido volver a hablar sin permiso.
El pánico me golpea en el estómago. No dejo de pensar que hay gente afuera. Seguridad, fans…
—Quiero que vean a quién me pertenece. Quiero que vean lo que eres. Un juguete. Un objeto. Si alguien te mira, bajarás la mirada y seguirás caminando. Si alguien te detiene, les dirás que vienes conmigo y que no puedes hablarle más.
Me suelta y abre la puerta. El ruido del pasillo se filtra, voces, risas, música lejana.
—Andando —señala hacia el pasillo después de ponerme un collar en el cuello.
Doy un paso vacilante hacia la luz. El aire del pasillo me azota la piel casi desnuda. El cinturón de castidad golpea mis muslos con cada paso que doy. Aitana camina delante de mí, con la seguridad de una reina que va a la guerra, sabiendo que su prisionero está encadenado y siguiéndola sin remedio.
Caminamos por el pasillo, mis pies descalzos tocando el suelo frío. Un guarda de seguridad nos ve pasar. Murmura, «ya lo encontró», mirando mis bragas de encaje, el metal brillante entre mis piernas, mi erección atrapada intentando romper el acero. Aitana no pierde el ritmo; yo bajo la mirada, fijándome en el suelo, sintiendo la quemazón de la humillación subiendo por mi cuello.
—Más rápido —susurra ella sin girarse—. El coche está en la salida trasera. Y no te atrevas a cubrirte con las manos.
Bajo las manos a los costados, dejando mi verga encerrada y mi lencería expuestas a las luces fluorescentes del pasillo. Salimos al exterior, la noche fresca me envuelve, pero no hay alivio. El coche negro con los tintes oscuros espera a pocos metros. Aitana abre la puerta del copiloto y me mira con expectación.
—Sube —dice.
Pero antes de que pueda moverme, veo que hay un grupo de tres chicas con cámaras esperando cerca de la valla de seguridad. Me han visto. Los flashes de sus móviles empiezan a iluminar la oscuridad, captando a la estrella del pop y al perro vestido de encaje a su lado. Aitana sonríe a las cámaras, y luego, con una voz clara que lleva hasta donde están ellas, dice:
—Tranquilo, son mis amigas. No se creían que ganaría la apuesta de tenerte así.
Las cámaras disparan más rápido. Mi cara quema, el cinturón aprieta, y sé que mi vida, tal como la conocía, se ha terminado para siempre.
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Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado… o al menos que no hayáis llamado a seguridad pensando que esto era un secuestro real (spoiler: no lo es).
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