El esclavo de la Reina del pop (4): El juego psicológico que lo cambia todo

El sonido de mis rodillas deslizándose sobre la madera pulida es el único ruido que logro hacer, un roce seco y vergonzoso que resuena en el silencio del pasillo. Aitana camina unos pasos por delante, sus tacones clavándose rítmicamente en el suelo con una elegancia que me parece ajena a cualquier mundo que yo haya habitado. El encaje negro que me obliga a llevar roza contra mi piel, recordándome constantemente mi estado, pero el dolor punzante en la entrepierna, donde el acero de la jaula aprieta contra mi carne hinchada, es mucho más imposible de ignorar.

—Sí, ya estoy en casa —su voz flota hacia mí, clara y despreocupada, mientras sostiene el teléfono contra la oreja—. No, no me molestes con tonterías de prensa ahora. Necesito relajarme.

Me detengo, esperando alguna instrucción, alguna mirada que me indique dónde poner mi cuerpo humillado. Ella no se gira. Simplemente sigue caminando hacia el salón, ignorándome por completo como si fuera una pieza de mobiliario que se ha movido por su cuenta. Abro la boca para pedirle agua, para rogarle que alivie la presión en mis testículos, pero las palabras se mueren en mi garganta. El miedo a la cámara en su mano, a esas fotos que podrían destruir mi vida pública, me cierra la mandíbula con un chasquido seco. Me arrastro tras ella, con la espalda curvada y la cabeza baja, siguiendo el rastro de su perfume como un perro faldero.

Llegamos al salón, bañado por esa luz azulada de la ciudad que entra por los grandes ventanales. Ella se deja caer en el sofá de cuero negro con un suspiro de satisfacción, cruzando las piernas con una lentitud calculada. Yo permanezco a cuatro patas en la alfombra, mirando el suelo, esperando.

—Escucha, Marcus —dice al teléfono, su tono volviéndose más duro, más negociador—. No voy a aceptar esa gira si no aumentan el porcentaje. Ya sabes que soy la que llena las butacas en ese estadio.

Muevo una rodilla, intentando encontrar una posición que no aplaste tanto el dispositivo de castidad, pero es inútil. Cada pequeño movimiento es un recordatorio agudo de mi impotencia. Ella baja una pierna y, sin bajar la mirada de la nada, empuja mi hombro con la punta de su zapato de tacón. El golpe es firme, no una caricia, sino una corrección de postura.

—Aquí —susurra, cubriendo el micrófono del teléfono un instante, con una mirada de desdén puro—. Quieto.

Entiendo al instante. Me arrastro hacia ella y me coloco de modo que sus pies descansen sobre mi espalda. El peso de sus piernas es sorprendentemente pesado, los tacones clavándose suavemente en la piel de mi omóplato a través del encaje. Soy un reposapiés. Un objeto inerte diseñado para su comodidad mientras ella discute su caché.

—No me importa si es fin de semana, Marcus —continúa, arqueando los dedos de los pies y hundiéndolos en mi carne, usando mi cuerpo como un estrés—. Haz la llamada o te encontraré a alguien que sí pueda hacerlo.

Me quedo inmóvil, conteniendo la respiración para no temblar. El frío del suelo y el calor de su piel en mi espalda crean un contraste electrizante. Mi vergüenza quema en mis mejillas, pero bajo el peso de su autoridad, me transformo. Dejo de ser un hombre con necesidades y pasiones; me convierto en madera, en cuero, en soporte. El dolor en mi ingle se convierte en un zumbido constante, de fondo, una música que acompaña a su voz autoritaria.

La llamada se prolonga, minutos eternos donde mi único propósito es no moverme, no ser un mal mueble. Finalmente, ella ríe, un sonido cristalino y cruel.

—Trato hecho. Llámame mañana.

Cuelga el teléfono y lo deja sobre la mesa de cristal con un golpe seco. Sus pies permanecen sobre mí.

—Has sido bastante estable —murmura, mirándome desde arriba, como evaluando la calidad de una compra—. Al menos eres útil para algo.

Retira sus pies de mi espalda y el alivio es instantáneo, aunque la sensación de abandono lo reemplaza rápidamente. Se levanta y se acerca a la ventana, de espaldas a mí. La luz de la ciudad siluetea su figura perfecta, las curvas de su cadera resaltando contra el lencería carmesí.

—Ven aquí —ordena sin girarse.

Me pongo de pie con dificultad, mis articulaciones están rígidas y el acero entre mis piernas golpea pesadamente. Camino hacia ella, deteniéndome a un paso de distancia. Ella se gira lentamente. Hay algo diferente en su mirada ahora. La dureza comercial se ha desvanecido, reemplazada por algo más suave, casi lánguido. Sus ojos recorren mi cuerpo, el encaje ridículo, la jaula metálica, y una sonrisa pequeña, casi pícara, curva sus labios.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunta, su voz bajando a un susurro sedoso.

Asiento, incapaz de articular palabras. Mis ojos están clavados en ella, en la forma en que la tela roja se tensa sobre sus pechos, en el triángulo de encaje que apenas oculta su sexo.

—Entonces haz algo al respecto —desafía.

Sus manos suben a la espalda y, con una lentitud tortuosa, desabrocha el sujetador. La tela roja se desliza por sus brazos y cae al suelo, dejando sus pechos al descubierto, perfectos y pálidos bajo la luz azul. Mi respiración se atrapa. Luego, sus dedos enganchan el cinturón de la tanga, bajándolo por sus caderas hasta que cae a sus tobillos. Se queda totalmente desnuda frente a mí, una diosa de carne y hueso, irradiando un calor que puedo sentir desde donde estoy.

—Tócame —susurra, acercando un paso más, su cuerpo a centímetros del mío—. Haz lo que siempre has querido hacer.

Mis manos tiemblan al levantarlas. El aroma a vainilla y su propio olor embriagador me inunda la cabeza, nublando cualquier pensamiento de precaución. La jaula se estrangula en un intento brutal de erección, el dolor agudo mezclándose con un deseo absoluto. Mis dedos están a punto de rozar la piel suave de su cintura, a punto de sentir la vida bajo mis yemas. Mi corazón golpea contra mis costillas como un pájaro enjaulado. Voy a tocarla. Voy a sentir su piel caliente, sus pechos, su…

—¡Para!

La orden es un látigo invisible en el aire. Mis manos se congelan a milímetros de su piel, vibrando con la tensión no liberada. Ella ríe, una sonrisa maliciosa que ilumina su rostro, destruyendo la vulnerabilidad que acababa de mostrar.

—¿En serio pensaste que te dejaría tocar? —burlándose, dando un paso atrás, fuera de mi alcance—. Mira qué patético eres. Temblando, con las manos en el aire, como un perrito pidiendo un hueso que nunca va a recibir.

El golpe psicológico es peor que cualquier golpe físico. Me quedo ahí, con las manos suspendidas en el vacío, sintiendo el calor residual de su cuerpo que ya no está. Ella se gira, recogiendo su ropa del suelo con movimientos lentos y deliberados, dándome la espalda. La vista de su culo desnudo, firme y perfecto, mientras se agacha, es la última tortura.

—Quédate ahí —ordena sin mirarme—. Quiero que te quedes mirando. Quiero que grabes cada detalle de mi cuerpo en tu mente, porque es lo más cerca que estarás de él en mucho, mucho tiempo.

Se viste lentamente, sabiendo que mis ojos están clavados en ella. Cada centímetro de piel que se cubre es una pérdida, un duelo pequeño y devastador. Cuando se vuelve a enfrentar a mí, completamente vestida de nuevo, el aroma de su excitación, o quizás solo mi imaginación, persiste en el aire, colgando como una promesa rota.

—Ahora —dice, caminando hacia mí y empujándome suavemente hacia atrás con un dedo en el pecho—, lárgate a la cocina. Tengo hambre. Y si tardas más de diez minutos, asegúrate de que la jaula se aapretará un poco más esta noche.

Me da la espalda y se aleja, dejándome jadeando en el centro del salón, con las manos vacías, el cuerpo dolorido y la imagen de su desnudez grabada a fuego en mi retina, torturándome con lo que casi fue.

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