El esclavo de la reina del pop: El incio

Hoy os traemos una nueva aventura: una pequeña saga de erótica que se publicará en su totalidad en Patreon, de forma gratuita, aunque por ser vosotros los primeros tres primeros capítulos os los enseñaremos aquí.

El aire en el pasillo trasero del estadio todavía vibra con el eco de los bajos, un zumbido eléctrico que se me clava en el pecho. Miro el pase dorado que cuelga de mi cuello, la laca brillante reflejando las luces de emergencia. No puedo creer que sea real. Entre miles de espectadores aullando en la grada, el universo ha decidido que yo sea el afortunado, el elegido para cruzar esa puerta blindada con el letrero de «NO ENTRAR». Un guarda de seguridad, enorme como un armario, asiente con brusquedad al ver mi credencial y empuja la pesada puerta de metal.

El cambio de temperatura es brutal. Dentro huele a vapor de agua y a ese olor dulzón y químico que deja el maquillaje de escenario. Y ahí está ella. Aitana. La diosa del pop que acaba de hipnotizar a veinte mil personas está sentada en el borde de un sofá de terciopelo rojo, descalza, frotándose el arco del pie con un gesto cansado que la hace humanamente perfecta. Lleva puesta una malla negra de lycra que se le pega a las curvas como una segunda piel, y el cabello mojado por el sudor le cae en mechones oscuros sobre la espalda.

Alza la vista y sus ojos, delineados con un eyeliner gótico y desafiante, se clavan en los míos. Una sonrisa perezosa, de gato saciado, se curva en sus labios rojos.

—Ya estás —dice su voz, un poco ronca por el esfuerzo del concierto, pero con esa autoridad natural que la hace mandar incluso cuando susurra—. Me dijeron que eras un fan especial. Entra, cierra la puerta. No quiero que oigan lo que vamos a hacer.

Trago saliva, seco la mano sudorosa en el pantalón y doy un paso torpe hacia el interior. Ella se levanta con una fluidez felina, caminando hacia un pequeño cubo lleno de botellas de agua y cerveza. Sus caderas balancean con un ritmo hipnótico, y siento cómo la sangre se me acumula en la ingle, una reacción visceral e inmediata que intento disimular cruzando los brazos.

—¿Quieres beber algo? —pregunta sin mirarme, mientras sus manos buscan una botella de cristal tallado y dos copas—. Es algo especial, una mezcla mía para relajarme después del show. Ayuda a bajar las revoluciones.

—Sí, por favor. De todo —logro articular, notando que mi voz suena extrañamente aguda en mi propia cabeza.

Se gira y me tiende una copa. Sus dedos, con uñas largas y negras, rozan los míos brevemente. El contacto es una pequeña descarga eléctrica. Brindamos en silencio y llevo el líquido a los labios. Es dulce, con un regusto a hierbas y algo metálico que no puedo identificar. Me quemo la garganta al bajarlo, pero el calor se esparce rápido por el estómago, relajando los hombros que tenía tensos hasta las orejas.

Aitana se sienta de nuevo en el sofá, esta vez recostada, y señala el espacio a su lado. Me siento, manteniendo una distancia respetuosa, pero el sofá se hunde y nos acerca más de lo que pretendo. Huele a su perfume, una mezcla embriagadora de jazmín y piel caliente.

—Así que —empieza ella, dando un sorbo lento a su bebida, mirándome por encima del borde de la copa—, ¿qué es lo que te gusta de mi música? ¿Las letras? ¿O es el espectáculo?

—Todo —respondo rápido, sintiéndome tonto—. Pero sobre todo… la energía. La forma en que controlas todo el estadio. Eres una reina ahí arriba.

Ella ríe, una sonora carcajada que hace temblar su pecho. La malla se tensa sobre sus pechos, y mi traición visual es instantánea; mis ojos bajan un segundo antes de poder detenerlos. Ella lo nota. Sé que lo nota porque su sonrisa se vuelve más feroz, más depredadora.

—La energía, el control… sí —susurra, acercando una pierna y dejando el pie desnudo sobre mi muslo. La piel de su talón está caliente contra la tela de mis vaqueros—. A los hombres les gusta eso, ¿verdad? Que alguien tome el mando. Que les diga qué hacer.

La presión de su pie aumenta ligeramente, justo sobre mi ingle, y mi respiración se corta. El alcohol me está entrando rápido. Siento la cabeza un poco pesada, como si flotara dentro de una nube de algodón, pero mis sentidos están hiperactivos, enfocados exclusivamente en ella.

—¿Te gusta cuando soy mandona? —insiste, su voz bajando a un murmullo seductor mientras mueve el pie en círculos lentos.

—Sí —respondo, y la palabra sale sin filtro, más cruda de lo que pretendía—. Me pone… cachondo.

—Cachondo —repite ella, saboreando la palabra como si fuera un caramelo—. Qué palabra tan directa. Me gusta. Soy de las que prefiere la honestidad. Ya sabes, mi pasado ha estado envuelto en mentiras. No me gusta que me mientan. ¿Y qué te pone exactamente cachondo, mi pequeño fan? ¿Verme moverme? ¿O imaginarte que soy yo quien te mueve a ti?

Intento formular una respuesta coherente, algo ingenioso o sexy, pero mi lengua se siente gruesa, dormida. Las palabras se enredan en mi cerebro antes de llegar a la boca.

—Yo… yo quiero… —tartamudeo, confundido por la niebla que se me ha metido en el cráneo. Me siento increíblemente relajado, desinhibido, como si mi vergüenza se hubiera evaporado con el primer trago, pero al mismo tiempo mi cuerpo no responde con la agilidad habitual.

Aitana retira el pie de mi muslo y se inclina hacia mí. Su cara está a centímetros de la mía. Puedo ver los poros de su piel, el brillo de sus ojos.

—¿Te cuesta hablar? —pregunta, pero no hay preocupación en su tono, solo curiosidad clínica.

—Un poco… me siento… raro —confieso, y no hay miedo en mi voz, solo una extraña euforia.

—Claro que te sientes raro —dice ella, dejando su copa en la mesa con un clic seco. Me mira a los ojos, y la máscara de la estrella pop se desliza para revelar algo mucho más frío y calculador debajo—. Porque eso no era una copa normal, tonto.

El corazón da un vuelco en el pecho, un golpe sordo que resuena en mis oídos.

—¿Qué…?

—Era un suero de la verdad. O algo parecido —explica con calma, cruzando las piernas y recostándose de nuevo, disfrutando de mi confusión—. Nada dañino, solo un inhibidor de corteza frontal mezclado con un poco de adrenalina sintética. Quiero saber lo que realmente piensas, no la mierda educada que los fans suelen soltar para que les firme un autógrafo.

Me quedo mirándola, boquiabierto, intentando procesar la información. La parte de mi cerebro que debería estar gritando «¡Corre!» está completamente silenciada, anestesiada por el líquido dorado. En su lugar, solo siento una fascinación morbosa.

—El sorteo… —empiezo, luchando por conectar las ideas—. No fue suerte.

—No hubo sorteo —dice ella, secándose una gota de condensación de la copa con un dedo y llevándoselo a la boca para lamerlo—. Te elegí a ti. Te vi en la primera fila, hace un par de conciertos, mirándome como un perrito faldero, con esa mezcla de adoración y lujuria desesperada en los ojos. Supe que serías perfecto.

—¿Perfecto para qué? —pregunto, aunque una sospecha oscura ya se está abriendo paso en mi mente excitada y entumecida.

Aitana se levanta de un salto y se planta frente a mí, con las manos en las caderas, dominando el espacio. La luz del camarino baña su figura de arriba a abajo.

—Para ser mi juguete nuevo —dice con una claridad que hiela la sangre—. Estoy harta de chicos de la industria, de tipos que creen que pueden follarme porque tienen un Ferrari. Quiero a alguien que sepa su lugar. Alguien que quiera servirme.

Se agacha, poniendo sus manos a los lados de mi cabeza en el sofá, aprisionándome entre sus brazos. Su aliento, dulce y mentolado, me da en la cara.

—Escúchame bien, porque no voy a repetirlo —susurra, sus ojos fijos en los míos, inmisericordes—. Esto no es sobre sexo. Bueno, no es solo sobre sexo. Puedo tener cualquier hombre que quiera con un chasquido de dedos. Lo que quiero es obediencia absoluta. Quiero que me pertenezcas, cuerpo y alma. Quiero que tus ganas de correr se mezclen con el miedo a decepcionarme.

Me tiemblan las piernas, pero no es solo por el suero. Es por la pura, cruda autoridad que irradia su cuerpo. Mi polla está dura como una piedra en mi pantalón, una contradicción física dolorosa entre el miedo y la excitación más intensa que he sentido en mi vida.

—¿Y si… si no quiero? —logro preguntar, aunque mi voz sale quebrada.

Ella sonríe, y es una sonrisa hermosa y aterradora.

—Tu cuerpo ya dice que sí —señala con la mirada mi erección evidente—. Y el suero dice que tu mente también está curiosa. Pero te voy a dejar claro una cosa: tu placer depende de mí. Si eres un buen esclavo, te haré sentir cosas que ni siquiera sabes que existen. Si te portas mal… bueno, simplemente no existirás para mí. Y créeme, el olvido es mucho peor que el dolor.

Me agarra por la barbilla, fuerte, obligándome a mantener la mirada.

—Ahora —ordena—, dime la verdad. ¿Te da miedo esto? ¿O es lo mejor que te ha pasado en tu puta vida?

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Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado… o al menos que no hayáis llamado a seguridad pensando que esto era un secuestro real (spoiler: no lo es).
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