El rugido de la multitud es un muro físico que golpea contra mis tímpanos, vibrando en el pecho con la misma fuerza que el estadio de cemento bajo mis botas. El aire es espeso, una mezcla sofocante de sudor, cerveza tibia y el ozono metálico de las luces del estadio. Estamos en el minuto sesenta y el marcador sigue mostrando un cero a cero insoportable. A mi lado, Pedro se mueve en su asiento, reclinándose hacia atrás con las piernas cruzadas, mostrando una calma que contrasta violentamente con la ansiedad que me corroe por dentro.
Tengo las manos apoyadas en el regazo, las uñas clavándose suavemente en la tela de los vaqueros ajustados que llevo puestos, intentando distraerme de la presencia intrusiva entre mis piernas. Desde el pitido inicial, Pedro me ha obligado a llevar el juguete dentro de mi coño, un vibrador pequeño, pero brutalmente eficiente que descansa contra mis paredes húmedas, apagado pero omnipresente. El acuerdo está grabado a fuego en mi mente: si España pierde, mi culo terminará marcado por las correas de su látigo; si empata, me arrodillaré para devorar su polla hasta que él decida terminar; pero si ganamos… si ganamos, él me tomará aquí, en público, cumpliendo esa fantasía que me hace temblar solo de pensarlo.
Pedro suspira, un sonido aburrido que se pierde en el grito de mil personas cuando un jugador chuta el balón fuera del estadio. Sin previo aviso, mete la mano en el bolsillo de su chaqueta y saca el pequeño control remoto. Sus dedos, anchos y con las venas marcadas, presionan el botón de encendido con una deliberación aterradora.
El zumbido comienza de inmediato. No es un susurro, es una vibración profunda y retumbante que se transmite desde mi entrepierna hasta la columna vertebral. Mi cuerpo se tensa como un arco, un espasmo involuntario que hace que mis caderas se levanten una pulgada del asiento plástico. El aire se atrapa en mi garganta y me giro hacia él con los ojos muy abiertos, buscando su mirada.
—Pedro, ¿qué haces? —le susurro, inclinándome hacia él para que solo él me oiga, aunque el ruido del estadio hace casi imposible que nos escuchen los de la fila de atrás—. No hay gol. Para.
Mi voz sale quebrada, un hilo de sonido que intenta ser una orden, pero suena más como una súplica desesperada. Él no me mira a los ojos; su atención está fija en el campo verde, pero una sonrisa sádica curva sus labios.
—Estoy aburrido, Lucía —responde con voz tranquila, sin bajar el volumen del dispositivo que ya está haciendo que mis muslos tiemblen—. Y necesito entretenimiento.
El juguete se mueve dentro de mí, masajeando ese punto sensible que me hace ver estrellas. Siento cómo mi coño comienza a latir, cómo la humedad se acumula alrededor del plástico liso, empapando mi ropa interior. Aprieto los dientes, intentando mantener la compostura, mirando al frente con la esperanza de que nadie note la rigidez de mi postura ni el ligero balanceo de mi cuerpo en sintonía con la vibración. Dos minutos. Solo tengo que aguantar dos minutos de esta tortura dulce.
El tiempo se estira, cada segundo es una hora de placer punzante. Mis labios mayores están hinchados, rozando la tela áspera de los vaqueros, y cada movimiento del juguete envía una descarga eléctrica a mi clítoris. Justo cuando siento que voy a soltar un gemido que delataría todo el juego, el estadio explota.
Es un rugido animal, una ola de sonido que nace de las gradas y se expande hacia el cielo. En la pantalla gigante, veo la red agitarse y a los jugadores de España correr locos. Gol. En el minuto sesenta y dos, España marca el primer gol.
Mi corazón salta de alegría por el equipo, pero mi cuerpo reacciona al juguete con un espasmo de pánico. Pedro debería apagarlo ahora. El acuerdo era vibración por gol, sí, pero él lo encendió antes como una broma cruel. Ahora que el gol es real, la lógica dicta que debería detener el castigo artificial y dejar que disfrute el momento, o al menos controlar la intensidad.
Miro a Pedro, esperando ver su mano bajar el control. En su lugar, él se gira lentamente hacia mí. Sus ojos oscuros recorren mi cara, sudorosa y tensa, bajando hasta mi pecho que sube y baja rápidamente. No hace ningún movimiento para apagarlo. Al contrario, su pulgar roza suavemente el dial y, con una lentitud calculada, aumenta la velocidad.
—Te quejaste, Lucía —dice, su voz cortante como un látigo a pesar del ruido—. Las reglas son claras. Si te quejas, el castigo se duplica. Y ahora que hemos marcado, me parece justo celebrarlo dejándote sufrir un poco más.
—Pedro, por favor… —balbuceo, sintiendo cómo el vibrador ahora zumba con una furia que amenaza con hacerme perder el control de mis piernas—. La gente… me van a oír.
—Entonces estate quieta —ordena, acercando su mano a mi muslo y apretando la carne firme con fuerza, dejando marcas de sus dedos en mi piel—. Y si te corres antes de que termine el partido, te prometo que el látigo esta noche parecerá un cariño comparado con lo que haré después.
La vibración es incesante, un martilleo rítmico contra mi cérvix. Mi coño está goteando ahora, un charco caliente y viscoso que empapa la tela de mi ropa interior y comienza a humedecer mis vaqueros. Me muevo en el asiento, intentando encontrar una posición que alivie la presión directa sobre mi clítoris, pero cada movimiento solo hace que el juguete se hunda más profundo, rozando las paredes sensibles de mi interior.
A mi derecha, un hombre desconocido salta de su asiento gritando un gol, dándome palmadas en la espalda en su euforia. El contacto físico inesperado me hace estremecerme. El choque entre su mano y mi cuerpo amplifica la sensación del vibrador, enviando una onda de calor que me sube por el cuello y me pone las mejillas ardientes. Me río nerviosamente, un sonido agudo y forzado, mientras Pedro observa mi tormento con una satisfacción absoluta.
—Disfruta el partido, Lucía —susurra Pedro, acercando su boca a mi oreja, su aliento caliente mezclándose con el sudor en mi piel—. Tu coño está tan apretado alrededor de ese juguete que casi lo siento desde aquí. Aguanta.
Cierro los ojos un segundo, intentando bloquear el mundo exterior, pero el zumbido es demasiado fuerte. El miedo se mezcla con el placer, un cóctel tóxico y delicioso. El estadio es un hervidero de gente, miles de ojos que podrían girarse y verme en cualquier momento, notar mi respiración entrecortada, mis manos aferradas al borde del asiento hasta que los nudillos se ponen blancos, o quizás, solo quizás, oír el sutil pero insistente zumbido que proviene de entre mis piernas.
El partido continúa en el campo, pero para mí, el tiempo se ha detenido en un ciclo infinito de estimulación y negación. Pedro no aparta la mirada de mí, disfrutando de cada micro-expresión de mi rostro, cada movimiento de cadera que traiciona mi deseo creciente. Sé que no voy a poder aguantar mucho tiempo así, no con él mirándome con esa posesión brutal, no con el vibrador destrozando mi resistencia poco a poco, y no con la promesa de un sexo público y salvaje colgando sobre nosotros como una espada de Damocles, lista para caer en cuanto el árbitro silbe el final.
El rugido de la multitud es un animal vivo que me devora los oídos. El vibrador sigue zumbando dentro de mí, una presencia insistente y húmeda que me niega cualquier pensamiento que no sea el pánico y el deseo. El hombre de al lado se ha sentado, pero su palmada en mi espalda sigue ardiendo como una marca invisible. Pedro sigue a mi lado, impasible, un dios observando el caos que él mismo ha creado en mi cuerpo. El partido continúa, un torbellino de cuerpos y un balón blanco que vuela de un lado a otro, pero yo solo soy consciente del ritmo implacable que me martillea desde dentro. Cada movimiento que hago, cada respiración profunda que intento para calmarme desplaza el juguete y envía una nueva ola de placer que me debilita las rodillas. Aprieto los puños sobre los muslos, las uñas clavándose en la mezclilla de mis vaqueros, buscando un ancla en esta tormenta.
De repente, otro grito. Esta vez es diferente, más agudo, más desgarrador. En la pantalla gigante, la pelota besa la red por segunda vez. Gol. El estadio entero estalla en una euforia pura y violenta. La gente salta, se abraza, grita. Y en medio de ese apocalipsis de alegría, Pedro actúa. Su mano me agarra la nuca con una fuerza que me roba el aliento y me gira hacia él. Su boca se estampa contra la mía, no es un beso, es una conquista. Su lengua me invade, me marca, me posee, y al mismo tiempo, siento un clic en su mano que sostiene el control remoto. El vibrador pasa de una pulsación aguda a un terremoto. Una sacudida eléctrica y brutal recorre todo mi cuerpo, desde el coño hasta la punta del pelo. Un gemido se me escapa, ahogado por su boca, un sonido pequeño y roto que se pierde en el rugido de ochenta mil almas. Es un sonido de rendición.
Pedro se aparta, sus ojos brillan con una luz salvaje, la luz de la victoria. «Ya está, Lucía», dice, su voz cortante y clara sobre el ruido. «Dos a cero con siete minutos por jugar. Esto ha acabado». Me mira con una intensidad que me paraliza. «Tenemos una ventaja de tiempo. Hay que aprovecharla». Frunzo el ceño. ¿Ventaja? ¿De qué está hablando? El partido no ha terminado. Pero no hay tiempo para preguntar. Él ya se está levantando, tirando de mi mano. «¡Vámonos!». Su mandato es inequívoco. Me levanto, torpe, con las piernas temblorosas y el juguete aún funcionando a máxima potencia dentro de mí, un recordatorio constante de su poder. Caminamos entre la multitud que celebra, y cada paso es una nueva tortura, cada bache del suelo una nueva oleada de placer que me hace flaquear.
Salimos al aire fresco de la noche, y el cambio de temperatura es un shock en mi piel sudorosa. El ruido del estadio queda atrás, amortiguado por los muros de hormigón, pero el zumbido en mi coño sigue siendo ensordecedor. Supongo que nos dirigiremos de nuevo al metro, de vuelta a la normalidad, aunque con mi cuerpo en llamas. Pero Pedro no se dirige a la estación. Se detiene bajo una farola y saca su móvil. Sus dedos se mueven rápidos por la pantalla, con una calma que me inquieta. ¿Qué está planeando? Miro a su alrededor, esperando una señal, una explicación.
Entonces, mete la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y saca algo que brilla a la luz de la farola. Es una correa de metal, delgada y fría, con una hebilla de acero. Mi corazón da un vuelco. Antes de que pueda procesarlo, se acerca a mí, aparta con delicadeza mi larga melena y expone la gargantilla que llevo puesta. Detrás, casi invisible en la piel, hay una pequeña argolla de metal. Con un clic preciso y definitivo, anuda la correa a la argolla. El frío del metal me roza el cuello. «Pedro… ¿qué… qué es eso? ¿Por qué ahora?», logro susurrar, la voz temblorosa. Su respuesta es un suspiro de impaciencia. «¡Cállate!». Y antes de que pueda protestar, gira mi cuerpo, agarra mis muñecas y las une a mi espalda. Oigo el sonido de otra hebilla, el de unas esposas de metal que se cierran con una finalidad aterradora. Estoy inmovilizada.
Unos segundos después, un coche negro se detiene a nuestro lado. Un vehículo de transporte con conductor. Los cristales son completamente oscuros. Pedro abre la puerta trasera sin soltar la correa que ahora cuelga de mi cuello. «¡Sube!». Me empuja suavemente hacia dentro. Me resbalo en el asiento de cuero, las manos esposadas detrás de mí me impiden mantener el equilibrio. Mi mente grita, aterrorizada de que alguien nos vea, de que un transeúnte cualquiera me descubra en este estado de humillación. «Tranquila», dice Pedro, subiendo a mi lado y cerrando la puerta. La oscuridad y el silencio del coche nos envuelven. «He pedido uno con partición y cristales tintados. Por la seguridad de ambos». Su lógica es retorcida, pero reconfortantemente fría.
Una vez dentro, no pierde un segundo. Su mano encuentra el borde de mi camiseta y la tira hacia abajo con brusquedad. Luego hace lo mismo con el sujetador, dejando mis pechos al aire, expuestos en la penumbra del vehículo. Los pezones se ponen duros instantáneamente, no solo por el frío, sino por la anticipación. El vibrador sigue dentro, un zumbido constante de fondo. Pero él quiere más. «Las manos delante», ordena, y desengancha las esposas solo para volver a ponerlas, esta vez con las muñecas frente a mí. No me da tiempo a reaccionar. Su mano desciende por mi abdomen, desabrocha mis vaqueros y se desliza bajo mi ropa interior. Sus dedos encuentran mi clítoris, hinchado y sensible. Y entonces empieza. Una masturbación lenta, metódica, experta. El vibrador dentro, sus dedos fuera. Una estimulación doble y abrumadora. Miro el reloj del salpicadero. Son las once de la noche. Sé, por la expresión de Pedro, que esto no va a terminar pronto. Esto va a durar treinta minutos. Y yo no tengo más remedio que sentir.
El zumbido constante entre mis piernas es el único reloj que necesito para saber que el tiempo se ha estirado hasta romperse. Pedro tiene la mano posada casualmente sobre mi muslo, mientras el vibrador sigue su martirio rítmico dentro de mí, negándome el alivio del clímax, pero empujándome al borde una y otra vez. De repente, Pedro se inclina hacia adelante y golpea el cristal divisorio con los nudillos.
—Aquí —ordena con voz seca, sin mirarme.
El coche frena suavemente. Miro por la ventanilla y solo veo oscuridad y siluetas de palmeras contra un cielo nocturno. Pedro abre la puerta y sale, tirando de mi correa. Me obliga a deslizarme, y mis pies tocan la arena fría. No me da tiempo a ponerme de pie; un tirón seco de la correa me obliga a bajar las rodillas. La arena entra en contacto con mi piel desnuda, granulada y fría, mientras mis manos siguen esposadas frente a mí, inútiles. El vibrador no se detiene ni un segundo; el cambio de postura hace que la presión cambie, golpeando un punto más profundo y sensible que me hace arquear la espalda y soltar un gemido que se pierde en el viento de la playa.
El conductor, una sombra sin rostro, se acerca a Pedro y le entrega las llaves sin decir una palabra. Ni siquiera me mira; soy solo un paquete, un objeto que se entrega en la oscuridad. Oigo cómo arranca el coche y se aleja, dejándonos solos en el silencio del parque, interrumpido solo por el mar y el lejano crepitar de llamas.
Mis ojos se adaptan a la penumbra. Estamos en un parque costero, y a unos cincuenta metros, una hoguera ilumina la arena. Veo sombras bailando, gente riendo, botellas levantándose en brindis. El sonido de su fiesta llega hasta nosotros en oleadas, un contraste brutal con mi situación: arrodillada en la arena, medio desnuda, con un juguete vibrando dentro de mi coño y un hombre que me tiene atada como a un perro.
Pedro tira de la correa. Me obliga a caminar a gatas, un movimiento degradante que hace que mis pechos, libres y expuestos al aire nocturno, balanceen con cada paso. La arena roza mis rodillas. Me arrastra hacia un banco de madera, viejo y gris por la sal. Mezcla de miedo y excitación eléctrica recorre mi cuerpo; cualquiera de esa gente podría girar la cabeza y vernos.
Me empuja contra el banco. Sus manos me agarran con fuerza, y luego su boca desciende sobre la mía. No es un beso tierno; es una reclamación de propiedad. Sus labios aplastan los míos, su lengua invade mi boca con una violencia que me deja sin aire. Me muerde el labio inferior, haciendo que un pequeño hilo de dolor se mezcle con el placer del vibrador. Baja su cabeza hacia mi cuello, besando y mordiendo la piel sensible, dejando marcas que seguro sentiré mañana. Sus dientes se hunden en la clavícula y yo gimo, incapaz de contenerme, mi cuerpo traicionándome y pidiendo más.
—Eres una perra tan caliente cuando tienes miedo —susurra contra mi piel húmeda.
Siento un clic metálico cerca de mi cuello. Pedro libera la correa del collar, pero mi alivio dura un segundo. Agarra mis muñecas esposadas y las levanta sobre mi cabeza. En un movimiento experto, pasa la cadena de las esposas por una barandilla del banco y las fija a la parte trasera de la estructura. Mis brazos quedan estirados, inmovilizados, dejando mi torso completamente abierto y vulnerable.
No termina ahí. Sus manos bajan hacia mis tobillos. Abro las piernas instintivamente, esperando su orden, y él ata cada pie a las patas del banco con cuerdas que saca de su bolsillo. Estoy expuesta, totalmente abierta, mi sexo húmedo y vibrando al aire, disponible para lo que quiera hacer. La posición estira mis músculos, aumentando la tensión en todo mi cuerpo.
Pedro se endereza y me mira. La luz de la hoguera le da un aspecto diabólico, sombras marcando sus facciones duras. Se inclina de nuevo y me besa, esta vez más lento, saboreando mi sumisión. Su mano desciende por mi estómago, trazando círculos en mi piel, hasta llegar entre mis piernas. Sus dedos encuentran mi clítoris, ya hinchado y sensible, y empiezan a frotarlo con un ritmo brutal, mientras el vibrador sigue zumbando dentro de mí.
El doble estímulo es casi epiléptico. Gimo alto, demasiado alto, y Pedro pone la otra mano sobre mi boca para silenciarme.
—Callada —gruñe—. Dime, ¿cómo te sientes? ¿Te gusta estar expuesta así donde cualquiera podría verte?
—Me siento… llena —balbuceo contra su palma, luchando por respirar—. Quiero correrme, por favor, Pedro. Necesito que me dejes correrme.
El orgasmo se acumula como una marea, una presión insoportable en la parte baja de mi vientre. Mis caderas intentan levantarse para buscar sus dedos, pero las cuerdas en mis tobillos me mantienen firme. Estoy a punto de explotar, el vibrador y sus dedos trabajando al unísono para destruirme.
Justo cuando siento que el universo se va a encoger en un punto de luz blanca, Pedro retira su mano.
El shock es físico. Gimo de frustración, un sonido animal que sale de mi garganta. El vibrador sigue, pero ya no es suficiente sin la presión directa en mi clítoris. Me dejo caer contra la madera del banco, jadeando, con las lágrimas frustradas picándome en los ojos.
—No —dice Pedro, limpiándose mis jugos en su pantalón—. Aún no. Tú no decides cuándo te vienes. Yo.
Se desabrocha el cinturón y baja la cremallera de sus pantalones. Su polla, dura y gruesa, sale de su ropa. Se acerca a mi cabeza, agarrándome por el cabello para levantarla. Sin previo aviso, introduce la punta en mi boca.
—Abre bien —ordena.
Abro la boca tanto como puedo, relajando la mandíbula para recibirlo. Empuja hacia dentro, llenándome, golpeando el fondo de mi garganta. Me uso como un muñeco, moviendo sus caderas para follar mi boca con profundidad. Gimo alrededor de su miembro, el sonido ahogado y vibrante.
Mientras su polla ocupa mi boca, su mano libre baja hacia mis pechos. Encuentra mis pezones, duros por el frío y la excitación, y los pellizca con fuerza. Tuerce la piel entre sus dedos, enviando descargas de dolor-placer directo a mi entrepierna. El vibrador sigue zumbando, un recordatorio constante de lo que me falta, un tormento de fondo mientras me uso la boca.
El sabor a él, la sal, la textura, me embriagan. Mis manos tiran inútilmente de las esposas sobre el banco. Estoy atrapada entre el dolor en mis pezones, la vibración en mi coño y la polla de Pedro llenándome la garganta, completamente a su merced en medio de la noche, mientras el mundo sigue celebrando a unos metros de distancia.
El aire me entra a golpes en los pulmones cuando Pedro retira su polla de mi boca de golpe, dejándome, boqueando como un pez fuera del agua. Un hilo de saliva y flujo preseminal se estira entre mis labios hinchados y la punta de su verga, brillando bajo la luz lejana y parpadeante de la hoguera. El vibrador sigue zumbando dentro de mí, una tortura constante que no se detiene, manteniendo mis nervios al borde de un colapso eléctrico. Me mira desde arriba, con esa expresión de evaluación fría que me hace sentir pequeña, expuesta, como una pieza de carne en una vitrina.
—Mírate —dice Pedro, su voz grave cortando el sonido del mar y las risas distantes de la fiesta—. Confundida, molesta, pero con el coño goteando.
No puedo negarlo. Mis muslos tiemblan, no solo por el frío de la noche, sino por la tensión acumulada que me corroe por dentro. Él se ajusta los pantalones, pero no se los sube, dejando su erección a la vista, un recordatorio palpitante de lo que me está negando.
—Te dije que te haría mía en un lugar público tras el partido —continúa, acariciando mi mejilla con el dorso de la mano, un gesto casi tierno que contrasta con la brutalidad de hace un segundo—. No dije que fuera en el Mundial con todo el mundo mirando. Esa es tu fantasía, no la mía.
La confusión se me mezcla con la frustración. ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora?
—Elegí esta playa porque suele venir poca gente —explica, como si leyera mi mente, paseando su mirada por la oscuridad de los arbustos cercanos—. Pero quién sabe… Quizá venga alguien curioso. Quizá algún tipo de la fiesta se aleje demasiado, vea una perra atada a un banco y decida tocarla mientras yo la follo.
La idea me hiela la sangre, pero al mismo tiempo, un escalofrío recorre mi columna vertebral, directo al clítoris. La humillación pública, el miedo a ser vista, usada por desconocidos mientras él solo observa… mi cuerpo reacciona traicioneramente, apretándose alrededor del juguete vibrador.
—Por favor… —logro balbucear, mi voz ronca por el uso brutal de mi garganta—. Pedro, por favor, necesito… necesito más.
La desesperación se apodera de mí. El orgasmo me está matando, es una necesidad física, un dolor agudo en el bajo vientre que exige alivio. Me inclino hacia él lo mucho que las cuerdas que me atan al banco permiten, buscando su contacto, su calor, su dominio.
—Me entregaré por completo, te lo juro —suplico, las lágrimas picándome en los ojos—. Seré lo que quieras, haré lo que quieras, solo déjame correrme. Por favor, dame un orgasmo.
Pedro suelta una carcajada seca, carente de humor. Se agacha y sus dedos encuentran mi sexo, húmedo y ardiente. Pero en lugar de la presión fuerte que necesito, comienza a acariciarme con una suavidad insultante, rozando la piel con la punta de los dedos, esquivando mi clítoris con una precisión tortuosa.
—Todo eso ya lo sé, perra —susurra, acercando su boca a mi oreja—. Ya eres mía. No necesitas prometerme lo que ya poseo.
Sus dedos juegan en mi entrada, deslizándose en la humedad sin penetrar, sin dar fricción alguna donde más la deseo.
—Además, tú no pediste tener sexo en un lugar público —continúa su lógica sádica—. Y tampoco pediste permiso para correrte. Así que, ¿por qué debería darte lo que no has pedido?
—¡Pero te lo estoy pidiendo ahora! —grito, frustrada, intentando mover mis caderas contra su mano para forzar la fricción—. ¡Por favor, Pedro, estoy ardiendo, no puedo más, déjame—
La bofetada llega tan rápido que ni siquiera la veo venir. Mi cabeza se ladea con el impacto, el sabor metálico de la sangre llenándome la boca donde mordí la mejilla. El zumbido en mis oídos se suma al del vibrador.
—Ya no tienes permiso para hablar —sentencia, su voz ahora dura, inquebrantable—. Una perra que no sabe escuchar no necesita usar la boca.
Antes de que pueda recuperarme del golpe, Pedro se gira y recoge algo del suelo. Son mis bragas, las que me arrancó en el coche, húmedas por mi propia excitación. Junto a ellas, coge sus calzoncillos. Sin ceremonias, sin avisar, agarra mi mandíbula y la fuerza hacia abajo, empujando la tela sucia y húmeda dentro de mi boca. El sabor es fuerte, una mezcla de mi sexo, su sudor y el cuero. Intento escupir, pero él presiona más, llenándome hasta que solo puedo emitir gemidos ahogados.
Para asegurarse de que no pueda expulsarlas, toma una de mis medias de nailon —que debió de sacar del bolso o del suelo— y la enrolla alrededor de mi cabeza, pasándola por mi boca y anudándola con fuerza detrás de mi nuca. La tela se clava en las comisuras de mis labios, un cabestro efectivo y degradante. Solo puedo respirar con dificultad por la nariz, mis ojos abiertos y llenos de pánico y lujuria mirándolo.
—Mejor —dice, satisfecho.
Libera mis muñecas de la barandilla del banco, pero la libertad dura un segundo. Inmediatamente, vuelve a enganchar las esposas, esta vez al anillo de metal de mi collar. Mis manos quedan atrapadas a la altura de mi cuello, inútiles, obligándome a mantener una postura rígida que empuja mi pecho hacia adelante.
Pedro me desata los tobillos del banco y me da la vuelta, empujándome hacia adelante. Sin las manos para amortiguar la caída, mi rostro casi golpea la madera, pero él me sujeta del cabello, manteniéndome en una posición de sumisión total: culo en el aire, espalda arqueada, cara aplastada contra la madera del banco y la boca llena de tela.
—Vamos a ver si aprendes a no pedir cosas que no te corresponden —gruñe detrás de mí.
Siento la cabeza de su polla rozando mi ano, tensa y seca. No hay lubricación, solo el resto de saliva y mis propios fluidos que él se lleva con la mano de mi coño a mi trasero. La presión es inmediata y brutal. Empuja con fuerza, sin esperar a que mis músculos se relajen, forzando la entrada.
Un grito ahogado se atrapa en la mordaza de tela cuando la cabeza de su miembro atraviesa el esfínter. El dolor es agudo, una sensación de desgarramiento que se mezcla con el placer retorcido de ser poseída así, en público, usada como un simple objeto para su placer. El vibrador sigue trabajando en mi interior, convirtiendo cada golpe de sus caderas en una tormenta de sensaciones encontradas.
Pedro no tiene piedad. Se hunde hasta el fondo, sus pelvis golpeando mis nalgas con un sonido húmedo y fuerte que resuena en la quietud de la playa. Me agarra de las caderas, dejando marcas de sus dedos en mi piel, y empieza a follarme con un ritmo salvaje.
—¡Toma! —sisea entre dientes con cada embestida—. ¡Esto es lo que querías, perra! ¡Ser usada!
El aire entra y sale de mi nariz con dificultad, mis manos tiran inútiles de las esposas atadas al cuello, y mis ojos se desenfocan mirando las sombras de las palmeras. El dolor en mi ano se transforma en un calor radiante que se expande por todo mi cuerpo, intensificado por el vibrador que sigue zumbando implacable contra mis paredes internas. Estoy llena, rota, completa.
Los minutos se pierden en una neblina de dolor que desaparece y humillación y placer creciente. Solo existo para su polla, para el ritmo brutal que me desgarra y me reconstruye a cada segundo. Oigo su respiración agitarse, siento que sus movimientos se vuelven más erráticos, más profundos.
—¡Mierda! —grita él, y con un último empujón violento, se clava dentro de mí hasta las pelvis.
Siento cómo su polla se dilata y late, y luego la explosión de calor líquido inundando mis entrañas. Corre dentro de mí, chorro a chorro caliente, marcándome por dentro, llenándome con su semen. El vibrador, combinado con la sensación de ser llenada así, empuja mi cuerpo al borde, pero él no se mueve, simplemente se queda ahí, dentro, disfrutando de la contracción de mis músculos alrededor de él mientras yo gimo, frustrada y vencida, con su semen goteándome por entre las piernas y la boca llena de nuestra ropa sucia.
Me mira furtivamente, salvaje. Me permite andar, sin quitarme la mordaza ni las esposas de las manos, vuelve a ponerme la correa, tira de la correa con fuerza, obligándome a avanzar a gatas sobre la arena fría mientras el semen caliente se desliza por mis muslos en hilos viscosos, mezclándose con la humedad que el vibrador aún no deja de bombear dentro de mi coño palpitante. Al acercarnos al círculo de luz de la hoguera, las risas y conversaciones cesan de golpe, y varias cabezas se giran hacia nosotros, ojos ávidos recorriendo mi cuerpo expuesto, pechos colgando pesados con pezones erectos, cara enrojecida y mordaza empapada.
—Esta perra acaba de ser follada en el culo como la zorra que es —anuncia Pedro con voz alta y orgullosa, tirando más de la correa para que levante la cabeza y todos vean mis ojos vidriosos de placer frustrado—. ¿Queréis sacarle una foto? O mejor, ¿queréis tocarla? Está abierta y goteando, lista para que la usen mientras yo miro.
Un par de tipos se acercan riendo, móviles en mano, un sinfín de destellos de luz iluminando mi vergüenza mientras uno se agacha y pasa los dedos por mi coño hinchado, rozando el vibrador que sigue zumbando sin piedad, y yo solo puedo gemir ahogada contra la tela, el cuerpo temblando entre humillación y un nuevo orgasmo que Pedro sigue negándome con esa sonrisa sádica, sabiendo que la noche apenas comienza y que mi rendición total ante extraños es solo el siguiente escalón de su juego cruel y delicioso.
Y hasta aquí el capítulo de hoy. Si habéis llegado hasta el final sin mirar dos veces por encima del hombro para comprobar que nadie os estaba leyendo, tenéis más sangre fría que muchos de los protagonistas. Ahora os toca a vosotros: contadnos qué os ha parecido, si habríais sobrevivido a una noche así o si habríais pedido el VAR mucho antes.
Y ya sabéis… compartir esta historia cuesta bastante menos que aguantar noventa minutos con un vibrador haciendo horas extra. Nos leemos en el siguiente capítulo.
